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jueves, 27 de marzo de 2008
domingo, 23 de marzo de 2008
TEOLOGÍA MORAL 003

LA LEY MORAL
3.1 Existencia de la ley moral.
3.1.1 Definición y naturaleza de la ley moral.
3.1.2 La ley moral es exclusiva de la criatura racional.
3.2 Definición y división de la ley.
3.3 La ley eterna.
3.3.1 Definición de la ley eterna.
3.3.2 Propiedades de la ley eterna.
3.4 La ley natural.
3.4.1 Contenido de la ley natural.
3.4.2 Propiedades de la ley natural.
A) Universalidad.
B) Inmutabilidad.
C) No admite dispensa.
D) Evidencia.
3.4.3 Ignorancia de la ley natural.
3.5 La ley divino-positiva.
3.6 Las leyes humanas.
3.1 EXISTENCIA DE LA LEY MORAL
Ha quedado dicho que un acto determinado es bueno o es malo si su objeto, su finalidad y sus circunstancias son buenos o malos. De ordinario, sin embargo, viene de inmediato a la cabeza la pregunta: buenos o malos, ¿en relación a qué?; ¿cuál es la norma o el criterio para señalar la bondad o la malicia de un acto? Y con la pregunta, surge también la respuesta: la ley moral, que es la que regula y mide los actos humanos en orden a su fin último.
En este capítulo y en el siguiente estudiaremos cómo la rectitud de un acto nos viene dada por dos elementos: uno exterior al hombre, que es la ley, y otro interior, que es la conciencia; de esta manera, la bondad o la malicia ser la conformidad o disconformidad de un acto con la ley y con la conciencia.
La conformidad o disconformidad de un acto con la ley moral constituye la bondad o la malicia material; y en relación a la conciencia, la bondad o la malicia formal. De acuerdo con esto, un acto puede ser:
a) materialmente y formalmente bueno: cuando hay conformidad con la ley y la conciencia (p. ej., cuando ayudo al prójimo ley de la caridad teniendo en la conciencia la certeza de estar actuando bien);
b) material y formalmente malo: cuando hay disconformidad con la ley y la conciencia (p. ej., si odio a alguien oposición a la ley de la caridad sabiendo en conciencia que está mal);
c) materialmente bueno y formalmente malo: cuando uno cree mala una acción que la ley no prohíbe (p. ej., comer carne los lunes);
d) materialmente malo y formalmente bueno: cuando uno cree buena una acción prohibida por la ley (p. ej., robar para dar limosna).
Vamos ahora a tratar, con detenimiento, de esas dos normas la ley y la conciencia, sin las cuales no cabría siquiera hablar de moral.
3.1.1 DEFINICION Y NATURALEZA DE LA LEY MORAL
Por ley moral se entiende el conjunto de preceptos que Dios ha promulgado para que, con su cumplimiento, la criatura racional alcance su fin último sobrenatural.
Analizando la definición, encontramos los siguientes elementos:
1) La ley moral es un conjunto de preceptos. No es tan sólo una actitud o una gen‚rica decisión de actuar de acuerdo a la opción de preferir a Cristo, sino de cumplir en la práctica preceptos concretos, si bien derivados del precepto fundamental del amor a Dios.
2) Ha sido promulgada por Dios. La ley moral es dada al hombre por una autoridad distinta de él mismo; no es el hombre creador de la ley moral sino que ésta es objetiva, y su autor es Dios.
3) El objeto propio de la ley moral es mostrar al hombre el camino para lograr su fin sobrenatural eterno. No pretende indicar metas temporales o finalidades terrenas.
Una vez aclarada la definición, podemos anotar los siguientes considerandos:
Es obvio que sólo puede existir un código de moralidad objetivo. (cfr. Documento de Puebla, n. 335), porque de lo contrario cada hombre podría decidir o cambiar, a su gusto y capricho, que es bueno o es malo y, consecuentemente, nada en realidad sería bueno ni malo. Podrían los hombres realizar impunemente cualquier acto que les viniera en gana. Esto, como es lógico, acabaría con la vida social y convertiría al individuo en un pequeño tirano que dicta su propia ley.
Si, como algunos pretenden, la ley moral es algo cambiante, que varía con los tiempos, que depende de las diversas circunstancias de cada, época, que resulta de un acuerdo entre los hombres, cualquier acto inmoral que fuera considerado así en conformidad con las costumbres de una época determinada se consideraría lícito. Según este relativismo, los actos serían buenos cuando se les considerara como buenos, y al revés.
No podemos olvidar, sin embargo, que hay acciones que siempre y en todas partes han sido consideradas malas por la mayoría (p. ej., matar al inocente; robar lo ajeno), lo que quiere decir que no son sino aplicaciones concretas de unos principios generales que no es posible eludir: haz el bien y evita el mal; no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Principios que estén en la base y son el origen de toda moralidad. Y son anteriores al consenso de los hombres, es decir, proceden de una norma previa que Dios ha inscrito en el interior de cada individuo.
Con las solas fuerzas de su razón -y los testimonios en este sentido podrían multiplicarse- el hombre comprueba también que el origen de esa ley moral está en Dios, autor de la naturaleza y que, a la vez, es accesible a su razón.
Así se explican esas palabras de Platón (cfr. Las Leyes, 716 c.) contra los sofistas que defendían que la ética y la ley dependen de la simple conveniencia de los hombres: Dios es para nosotros, principalmente, la medida de todas las cosas, mucho más de lo que sea, como dicen, el hombre.
El hecho fáctico de que algunos o muchos hombres -en una u otra-‚ época no actúen así, no quiere decir que la moral carezca de regla, de norma o ley objetiva:
- porque la mayor parte de los que actúan así saben que están actuando mal;
- porque podría darse el caso de individuos o grupos moralmente degenerados.
3.1.2 LA LEY MORAL ES EXCLUSIVA DE LA CRIATURA RACIONAL
El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley.
“Animal dotado de razón, capaz de comprender y discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha entregado todo”. (Tertuliano, Mc 2, 4).
a) La ley moral no aparece en el mundo físico inanimado, pues está completamente sometido a la necesidad física y en él no hay libertad;
b) La ley moral tampoco se encuentra en el mundo animal irracional, por que los animales no son ni buenos ni malos: actúan naturalmente por instintos;
c) La ley moral se descubre solamente en la criatura racional, al contemplarla dotada de inteligencia y voluntad libre. Por la ley moral sabe que no todo lo que se puede físicamente hacer, se debe hacer.
La ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad, ya que Jesucristo es en persona el camino de la salvación.
Además, Jesucristo es el fin de toda ley, porque El es a quien la cumple la justicia de Dios, la gracia y la bienaventuranza.
Las expresiones de la ley moral son diversas, y todas están coordinadas entre sí:
a) la ley eterna, fuente en Dios de todas las leyes,
b) la ley natural,
c) la ley revelada o divino-positiva y, finalmente,
d) las leyes humanas (civiles y eclesiásticas).
Antes de estudiar cada una de las expresiones de la ley moral, trataremos brevemente de conceptos generales sobre la ley.
3.2 DEFINICION Y DIVISION DE LA LEY
La ley, dice Santo Tomás de Aquino (S. Th. I-II, q. 90, a. 4) en una definición clásica, es la ordenación de la razón dirigida al bien común, promulgada por quien tiene autoridad. Desglosando, encontramos como elementos:
a) ordenación (establecimiento de un orden de medios conducentes a un fin),
b) de la razón (no fruto del capricho),
c) dirigida al bien común (no al particular),
d) promulgada (para que tenga fuerza obligatoria),
e) por quien tiene autoridad (no por cualquiera).
Para que la ley obligue a los hombres debe reunir algunas condiciones; en concreto debe ser:
1) posible, física y moralmente, para el común de los súbditos;
2) honesta, sin oposición alguna a las normas superiores; en último término, concordando con la ley divina;
3) útil, para el bien común, aunque perjudique a algunos particulares;
4) justa, conforme a la justicia conmutativa y distributiva (sobre estos conceptos, ver 13.5);
5) promulgada, debe llegar a conocimiento de todos y cada uno de los súbditos.
La división que más nos interesa de la ley, viene dada por el autor que la promulga:
- Si el autor es Dios se llama ley divina y puede ser:
Eterna (se encuentra en la mente de Dios)
Natural (ley divina impresa en el corazón de los hombres)
Positiva (ley divina contenida en la Revelación)
- Si el autor es el hombre, la ley es humana y puede ser:
Eclesiástica Civil
A continuación nos detendremos con más detalle en cada tipo de ley.
3.3 LA LEY ETERNA
Contemplando las cosas creadas observamos que siguen unas leyes naturales: la tierra da vueltas alrededor del sol, las plantas dan flores en primavera, el hombre siente remordimientos cuando ha hecho algo mal, etc. Este ordenamiento a leyes naturales no se da por casualidad, sino que está perfectamente pensado por la Sabiduría Divina. Dios ha ordenado todas las cosas de modo que cada una cumpla su fin: los minerales, las plantas, los animales y el hombre. Como ese orden está pensado y proyectado por Dios desde toda la eternidad, se llama ley eterna.
3.3.1 DEFINICION DE LEY ETERNA
La ley eterna es definida por San Agustín (Contra Faustum 27, 27: PL 42, 418) como “la razón y voluntad divinas que mandan observar y prohíben alterar el orden natural”; y por Santo Tomás (S. Th. I-II, q. 93, a. 1) como “el plan de la divina sabiduría que dirige todas las acciones y movimientos de las criaturas en orden al bien común de todo el universo”.
“Eterna”, porque es anterior a la creación; porque es una ordenación normativa que hace la inteligencia divina para el recto ser y obrar de todo lo que existe.
Cuando explica su definición, Santo Tomás de Aquino dice que así como en la mente del pintor preexiste el boceto que luego plasmar en el lienzo, así en el entendimiento divino preexiste desde toda la eternidad el plan que dirigir todas las acciones y los movimientos de sus criaturas hasta el fin del mundo; este plan es la ley eterna.
Es razonable pensar que Dios dirige a sus criaturas a un fin y que, además, las guía de un modo acorde a su propia naturaleza. Así, los seres inanimados son dirigidos por leyes físicas con necesidad básica e ineludible; los animales irracionales por las leyes del instinto con necesidad también básica e ineludible; el hombre por la intimidación de una norma que, brillando en su razón y plegando su voluntad, lo conduce por la vía que le es propia.
3.3.2 PROPIEDADES DE LA LEY ETERNA
Las principales propiedades de la ley eterna son:
1) es inmutable, y lo es por su identificación con el entendimiento y la voluntad de Dios, aunque su conocimiento sea mudable en el hombre porque no la conoce totalmente y en sí misma como Dios y los bienaventurados en el cielo, sino por cierta participación en las cosas creadas;
2) es la norma suprema de toda moralidad y, consecuentemente, todas las demás leyes lo ser n en cuanto la reflejan con fidelidad; es decir, ninguna otra ley puede ser justa ni racional si no está en conformidad con la ley eterna;
3) es universal, pues todas las criaturas le están sujetas: unas de manera puramente instintiva, en cuanto que están determinadas por su misma naturaleza a actuar de determinado modo; y otras, las criaturas libres, por un sometimiento voluntario.
3.4 LA LEY NATURAL
Se entiende por ley natural la misma ley eterna en cuanto se refiere a las criaturas racionales.
Los minerales, las plantas y los animales obedecen siempre a la ley de Dios, ya que están guiados por leyes físicas y biológicas. Pero al hombre, Dios le ha dado la inteligencia para conocer su ley, que descubre dentro de sí mismo. A esa ley grabada por Dios en el corazón del hombre, la llamamos ley natural, y obliga a todos los hombres de todos los tiempos.
Por eso dice Santo Tomás de Aquino que la ley natural no es otra cosa que la participación de la ley eterna en la criatura racional (cfr. S. Th., I-II, q. 91, a. 2).
Al crear al hombre, Dios dota su naturaleza de una ordenación concreta que le posibilite conseguir el fin para el cual fue creado.
Por ejemplo, igual que hay unas normas de funcionamiento en la fabricación de un refrigerador para conseguir que enfríe, así Dios imprime en toda naturaleza humana las normas con las que ha de proceder para alcanzar su fin último.
Por lo tanto, por el sólo hecho de nacer, el hombre es súbdito de esta ley, aunque las heridas del pecado puedan oscurecer su conocimiento (p. ej., pueblos atrasados que permiten la poligamia, los sacrificios humanos, etc.).
En su Epístola a los Romanos habla San Pablo con toda claridad de la ley natural: En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley (se refiere a la ley mosaica, que les fue entregada sólo a los judíos), practican por naturaleza lo que manda la ley, son para sí mismos ley y muestran que la realidad de la ley está escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con los juicios contrapuestos que los acusan o los excusan (Rom. 2,14-15; ver también Rom. 1, 20 ss.).
3.4.1 CONTENIDO DE LA LEY NATURAL
Bajo el ámbito de la ley natural cae todo lo que es necesario para conservar el orden natural de las cosas establecido por Dios, y que puede ser conocido por la razón natural, independientemente de toda ley positiva. En otras palabras, la ley natural abarca todas aquellas normas de moralidad tan claras y elementales que todos los hombres pueden conocer con su sola razón.
Sin embargo, a pesar de su simplicidad, podemos distinguir en la ley natural tres grados o categorías de preceptos:
a) preceptos primarios y universalísimos, cuya ignorancia es imposible a cualquier hombre con uso de razón. Se han expresado de diversas formas: “no hagas al otro lo que no quieras para ti” “da a cada quien lo suyo”, “vive conforme a la recta razón”, “cumple siempre tu deber”, “observa el orden del ser”, etc., pero pueden todos ellos reducirse a uno solo: Haz el bien y evita el mal (cfr. S.Th. I-II, q. 94, a. 2);
b) principios secundarios o conclusiones próximas, que fluyen directa y claramente de los primeros principios y pueden ser conocidos por cualquier hombre casi sin esfuerzo o raciocinio. A este grado pertenecen todos los preceptos del decálogo;
c) conclusiones remotas, que se deducen de los principios primarios y secundarios luego de un raciocinio m s elaborado (p. ej., la indisolubilidad del matrimonio, la ilicitud de la venganza, etc.).
3.4.2 PROPIEDADES DE LA LEY NATURAL
La ley natural tiene unas características que la distinguen claramente de otras leyes:
A. Universalidad: quiere decir que la ley natural tiene vigencia en todo el mundo y para todas las gentes.
Esta característica se explica diciendo que la naturaleza humana es esencialmente la misma en cualquier hombre; las variaciones étnicas, regionales, etc., son sólo accidentales. Por eso, las leyes de su naturaleza son también comunes.
Lo anterior no impide que algunos hombres no la cumplan, y esas transgresiones no perjudican la vigencia de la ley.
B. Inmutabilidad: es característica de la ley natural que no cambie con los tiempos ni con las condiciones históricas o culturales. La razón es clara: la naturaleza humana no cambia en su esencia con el paso de los años.
El evolucionismo ético postula que la moralidad está sujeta a un cambio constante, que alcanza también a sus fundamentos. No tiene en cuenta que la ley natural obra siempre según el orden del ser y que, como el hombre y la naturaleza sólo cambian de modo accidental, las variaciones en la moral son también accidentales.
C. No admite dispensa: indica que ningún legislador humano puede dispensar de la observancia de la ley natural, pues es propio de la ley poder ser dispensada sólo por el legislador, que en este caso es Dios.
Esta característica se explica considerando que al ser Dios legislador sapientísimo, su ley alcanza a prever todas las eventualidades: cualquiera que sea la situación límite en que el hombre se encuentra, debe cumplir la ley natural.
Las aparentes excepciones de la ley que establece la moral en los casos de homicidio (ver 11.2.3.b) y hurto (ver 13.3.1.c) no son dispensas de la ley natural, sino auténticas interpretaciones que responden a la verdadera idea de la ley y no a su expresión más o menos acertada en preceptos escritos. La breve fórmula “no matarás” (o “no hurtarás”) no expresa, por la conveniencia de su brevedad, el contenido total del mandato que más bien se debería expresar: “no cometerás un homicidio (o un robo) injusto”.
Cuando una legislación humana establece una norma o permite determinadas conductas que contradicen la ley natural, emana sólo apariencia de ley y no hay obligación de seguirla, sino m s bien de rechazarla o de oponerse a ella (p. ej., una legislación que aprobara el aborto).
D. Evidencia: todos los hombres conocen la ley natural con sólo tener uso de razón, y su promulgación coincide con la adquisición de ese uso. Contra la evidencia parece que existen ciertas costumbres contrarias a la ley natural (p. ej., en pueblos de cultura inferior), pero eso lo único que significa es que la evidencia de la razón puede ser obscurecida por el pecado y las pasiones.
3.4.3 IGNORANCIA DE LA LEY NATURAL
Es imposible la ignorancia de los primeros principios en el hombre dotado de uso de razón.
Podría equivocarse al apreciar lo que es bueno o lo que es malo, pero no puede menos de saber que lo bueno ha de hacerse y lo malo evitarse.
Los principios secundarios o conclusiones próximas, que constituyen en gran parte los preceptos del decálogo, pueden ser ignorados al menos durante algún tiempo.
Aunque se deducen fácilmente con un simple raciocinio, el ambiente, la ignorancia, los vicios, etc., pueden inducir a que se desconozcan algunas consecuencias inmediatas de los primeros principios de la ley natural (p. ej., la malicia de los actos meramente internos, de la misma mentira oficiosa para evitarse algún disgusto, del perjurio para salvar la vida o la fama, del aborto para salvar a la madre, de la masturbación, etc.).
Sin embargo, esta ignorancia no puede prolongarse mucho tiempo sin que el hombre sospeche -por sí mismo- o por otros la malicia de sus actos.
Las conclusiones remotas, que suponen un razonamiento lento y difícil, pueden ser ignoradas de buena fe, incluso por largo tiempo, sobre todo entre la gente inculta (p. ej., la malicia de la sospecha temeraria, o de la omisión de los deberes cívicos, etc.).
3.5 LA LEY DIVINO-POSITIVA
Es la ley que procediendo de la libre voluntad de Dios legislador, es comunicada al hombre por medio de una revelación divina.
Su conveniencia se pone de manifiesto al considerar dos cosas:
a) Todos los hombres tienen la ley natural impresa en sus corazones, de manera que pueden conocer con la razón sus principios m s básicos. Sin embargo, el pecado original y los pecados personales con frecuencia oscurecen su conocimiento, por lo que Dios ha querido revelarnos su Voluntad, de modo que todos los hombres pudieran conocer lo que debían hacer para agradarle con mayor facilidad, con firme certeza y sin ningún error.
Así, Dios no se contentó con grabar su ley en la naturaleza humana, sino que además la manifestó al hombre claramente: en el Monte Sinaí, cuando ya el pueblo elegido había salido de Egipto, Dios reveló a Moisés los diez mandamientos (ver cap. 6). Los mandamientos nos señalan de manera cierta y segura el camino de la felicidad en esta vida y la otra. En ellos nos dice Dios lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso, lo que le agrada y lo que le desagrada.
b) El hombre está destinado a un fin sobrenatural, y para dirigirse a él debe cumplir también -con ayuda de la gracia- otros preceptos, además de los naturales. Por eso Jesucristo llevó a la perfección la ley que Dios dictó a Moisés en el Sinaí, al ponerse a Sí mismo como modelo y camino para alcanzar ese fin al que nos llama.
Esa perfección que Cristo ha traído a la tierra se contiene sobre todo en el mandamiento nuevo del amor: en primer lugar, el amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y en segundo término, el amor a los demás como Él nos ha amado.
Vemos, por tanto, que de hecho Dios nos ha revelado leyes en tres periodos de la historia:
1) a los Patriarcas, desde Adán hasta Moisés;
2) al pueblo elegido, con aquellas leyes recogidas en algunos libros del Antiguo Testamento;
3) en el Nuevo Testamento, que contiene la ley evangélica.
Algunas leyes positivas de los dos primeros periodos fueron después abolidas por el mismo Dios ya que eran meramente circunstanciales, mientras que la ley evangélica es definitiva, y aunque fue dada inmediatamente para los cristianos, incumbe de modo cierto a todos los hombres.
Por ejemplo, las leyes judiciales y ceremoniales dadas a los israelitas durante su éxodo nómada por el desierto eran prescripciones para ese pueblo en esas circunstancias. El precepto de la caridad enseñado por Jesucristo, sin embargo, es para todo hombre de todo lugar y época.
3.6 LAS LEYES HUMANAS
Son, como ya quedó dicho, las dictadas por la legítima autoridad -ya eclesiástica, ya civil-, en el orden al bien común.
Que la legítima autoridad tenga verdadera potestad dentro de su específica competencia para dar leyes que obliguen, no es posible ponerlo en duda: surge la misma naturaleza de la sociedad humana, que exige la dirección y el control de algunas leyes (cfr. Rom. 13, 1ss.; Hechos 5, 29).
De suyo, pues, es obligatoria ante Dios toda ley humana legítima y justa; es decir, toda ley que:
a) se ordene al bien común;
b) sea promulgada por la legítima autoridad y dentro de sus atribuciones;
c) sea buena en sí misma y en sus circunstancias;
d) se imponga a los súbditos obligados a ella en las debidas proporciones.
Sin embargo, cuando la ley es injusta porque fallen algunas de estas condiciones, no obliga, y en ocasiones puede ser incluso obligatorio desobedecerla abiertamente.
La ley injusta, al no tener la rectitud necesaria y esencial a toda ley, ya no es ley, porque contradice al bien divino. Es necesario, pues, distinguir entre legalidad y legitimidad. No es suficiente que una norma sea dictada dentro del legal establecido y por las autoridades competentes para que deba ser obedecida: es preciso que se acomode de una manera estricta a los principios de la ley natural y de la ley divino-positiva. Aquellas condiciones garantizan su legalidad formal, pero esta última es la que proporciona la legitimidad intrínseca.
Por tanto, si una ley civil se opone manifiestamente a la ley natural, o a la ley divino-positiva, o a la ley eclesiástica, no obliga, siendo en cambio obligatorio desobedecerla por tratarse de una ley injusta, que atenta al bien común.
3.1 Existencia de la ley moral.
3.1.1 Definición y naturaleza de la ley moral.
3.1.2 La ley moral es exclusiva de la criatura racional.
3.2 Definición y división de la ley.
3.3 La ley eterna.
3.3.1 Definición de la ley eterna.
3.3.2 Propiedades de la ley eterna.
3.4 La ley natural.
3.4.1 Contenido de la ley natural.
3.4.2 Propiedades de la ley natural.
A) Universalidad.
B) Inmutabilidad.
C) No admite dispensa.
D) Evidencia.
3.4.3 Ignorancia de la ley natural.
3.5 La ley divino-positiva.
3.6 Las leyes humanas.
3.1 EXISTENCIA DE LA LEY MORAL
Ha quedado dicho que un acto determinado es bueno o es malo si su objeto, su finalidad y sus circunstancias son buenos o malos. De ordinario, sin embargo, viene de inmediato a la cabeza la pregunta: buenos o malos, ¿en relación a qué?; ¿cuál es la norma o el criterio para señalar la bondad o la malicia de un acto? Y con la pregunta, surge también la respuesta: la ley moral, que es la que regula y mide los actos humanos en orden a su fin último.
En este capítulo y en el siguiente estudiaremos cómo la rectitud de un acto nos viene dada por dos elementos: uno exterior al hombre, que es la ley, y otro interior, que es la conciencia; de esta manera, la bondad o la malicia ser la conformidad o disconformidad de un acto con la ley y con la conciencia.
La conformidad o disconformidad de un acto con la ley moral constituye la bondad o la malicia material; y en relación a la conciencia, la bondad o la malicia formal. De acuerdo con esto, un acto puede ser:
a) materialmente y formalmente bueno: cuando hay conformidad con la ley y la conciencia (p. ej., cuando ayudo al prójimo ley de la caridad teniendo en la conciencia la certeza de estar actuando bien);
b) material y formalmente malo: cuando hay disconformidad con la ley y la conciencia (p. ej., si odio a alguien oposición a la ley de la caridad sabiendo en conciencia que está mal);
c) materialmente bueno y formalmente malo: cuando uno cree mala una acción que la ley no prohíbe (p. ej., comer carne los lunes);
d) materialmente malo y formalmente bueno: cuando uno cree buena una acción prohibida por la ley (p. ej., robar para dar limosna).
Vamos ahora a tratar, con detenimiento, de esas dos normas la ley y la conciencia, sin las cuales no cabría siquiera hablar de moral.
3.1.1 DEFINICION Y NATURALEZA DE LA LEY MORAL
Por ley moral se entiende el conjunto de preceptos que Dios ha promulgado para que, con su cumplimiento, la criatura racional alcance su fin último sobrenatural.
Analizando la definición, encontramos los siguientes elementos:
1) La ley moral es un conjunto de preceptos. No es tan sólo una actitud o una gen‚rica decisión de actuar de acuerdo a la opción de preferir a Cristo, sino de cumplir en la práctica preceptos concretos, si bien derivados del precepto fundamental del amor a Dios.
2) Ha sido promulgada por Dios. La ley moral es dada al hombre por una autoridad distinta de él mismo; no es el hombre creador de la ley moral sino que ésta es objetiva, y su autor es Dios.
3) El objeto propio de la ley moral es mostrar al hombre el camino para lograr su fin sobrenatural eterno. No pretende indicar metas temporales o finalidades terrenas.
Una vez aclarada la definición, podemos anotar los siguientes considerandos:
Es obvio que sólo puede existir un código de moralidad objetivo. (cfr. Documento de Puebla, n. 335), porque de lo contrario cada hombre podría decidir o cambiar, a su gusto y capricho, que es bueno o es malo y, consecuentemente, nada en realidad sería bueno ni malo. Podrían los hombres realizar impunemente cualquier acto que les viniera en gana. Esto, como es lógico, acabaría con la vida social y convertiría al individuo en un pequeño tirano que dicta su propia ley.
Si, como algunos pretenden, la ley moral es algo cambiante, que varía con los tiempos, que depende de las diversas circunstancias de cada, época, que resulta de un acuerdo entre los hombres, cualquier acto inmoral que fuera considerado así en conformidad con las costumbres de una época determinada se consideraría lícito. Según este relativismo, los actos serían buenos cuando se les considerara como buenos, y al revés.
No podemos olvidar, sin embargo, que hay acciones que siempre y en todas partes han sido consideradas malas por la mayoría (p. ej., matar al inocente; robar lo ajeno), lo que quiere decir que no son sino aplicaciones concretas de unos principios generales que no es posible eludir: haz el bien y evita el mal; no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Principios que estén en la base y son el origen de toda moralidad. Y son anteriores al consenso de los hombres, es decir, proceden de una norma previa que Dios ha inscrito en el interior de cada individuo.
Con las solas fuerzas de su razón -y los testimonios en este sentido podrían multiplicarse- el hombre comprueba también que el origen de esa ley moral está en Dios, autor de la naturaleza y que, a la vez, es accesible a su razón.
Así se explican esas palabras de Platón (cfr. Las Leyes, 716 c.) contra los sofistas que defendían que la ética y la ley dependen de la simple conveniencia de los hombres: Dios es para nosotros, principalmente, la medida de todas las cosas, mucho más de lo que sea, como dicen, el hombre.
El hecho fáctico de que algunos o muchos hombres -en una u otra-‚ época no actúen así, no quiere decir que la moral carezca de regla, de norma o ley objetiva:
- porque la mayor parte de los que actúan así saben que están actuando mal;
- porque podría darse el caso de individuos o grupos moralmente degenerados.
3.1.2 LA LEY MORAL ES EXCLUSIVA DE LA CRIATURA RACIONAL
El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios una ley.
“Animal dotado de razón, capaz de comprender y discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al que le ha entregado todo”. (Tertuliano, Mc 2, 4).
a) La ley moral no aparece en el mundo físico inanimado, pues está completamente sometido a la necesidad física y en él no hay libertad;
b) La ley moral tampoco se encuentra en el mundo animal irracional, por que los animales no son ni buenos ni malos: actúan naturalmente por instintos;
c) La ley moral se descubre solamente en la criatura racional, al contemplarla dotada de inteligencia y voluntad libre. Por la ley moral sabe que no todo lo que se puede físicamente hacer, se debe hacer.
La ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad, ya que Jesucristo es en persona el camino de la salvación.
Además, Jesucristo es el fin de toda ley, porque El es a quien la cumple la justicia de Dios, la gracia y la bienaventuranza.
Las expresiones de la ley moral son diversas, y todas están coordinadas entre sí:
a) la ley eterna, fuente en Dios de todas las leyes,
b) la ley natural,
c) la ley revelada o divino-positiva y, finalmente,
d) las leyes humanas (civiles y eclesiásticas).
Antes de estudiar cada una de las expresiones de la ley moral, trataremos brevemente de conceptos generales sobre la ley.
3.2 DEFINICION Y DIVISION DE LA LEY
La ley, dice Santo Tomás de Aquino (S. Th. I-II, q. 90, a. 4) en una definición clásica, es la ordenación de la razón dirigida al bien común, promulgada por quien tiene autoridad. Desglosando, encontramos como elementos:
a) ordenación (establecimiento de un orden de medios conducentes a un fin),
b) de la razón (no fruto del capricho),
c) dirigida al bien común (no al particular),
d) promulgada (para que tenga fuerza obligatoria),
e) por quien tiene autoridad (no por cualquiera).
Para que la ley obligue a los hombres debe reunir algunas condiciones; en concreto debe ser:
1) posible, física y moralmente, para el común de los súbditos;
2) honesta, sin oposición alguna a las normas superiores; en último término, concordando con la ley divina;
3) útil, para el bien común, aunque perjudique a algunos particulares;
4) justa, conforme a la justicia conmutativa y distributiva (sobre estos conceptos, ver 13.5);
5) promulgada, debe llegar a conocimiento de todos y cada uno de los súbditos.
La división que más nos interesa de la ley, viene dada por el autor que la promulga:
- Si el autor es Dios se llama ley divina y puede ser:
Eterna (se encuentra en la mente de Dios)
Natural (ley divina impresa en el corazón de los hombres)
Positiva (ley divina contenida en la Revelación)
- Si el autor es el hombre, la ley es humana y puede ser:
Eclesiástica Civil
A continuación nos detendremos con más detalle en cada tipo de ley.
3.3 LA LEY ETERNA
Contemplando las cosas creadas observamos que siguen unas leyes naturales: la tierra da vueltas alrededor del sol, las plantas dan flores en primavera, el hombre siente remordimientos cuando ha hecho algo mal, etc. Este ordenamiento a leyes naturales no se da por casualidad, sino que está perfectamente pensado por la Sabiduría Divina. Dios ha ordenado todas las cosas de modo que cada una cumpla su fin: los minerales, las plantas, los animales y el hombre. Como ese orden está pensado y proyectado por Dios desde toda la eternidad, se llama ley eterna.
3.3.1 DEFINICION DE LEY ETERNA
La ley eterna es definida por San Agustín (Contra Faustum 27, 27: PL 42, 418) como “la razón y voluntad divinas que mandan observar y prohíben alterar el orden natural”; y por Santo Tomás (S. Th. I-II, q. 93, a. 1) como “el plan de la divina sabiduría que dirige todas las acciones y movimientos de las criaturas en orden al bien común de todo el universo”.
“Eterna”, porque es anterior a la creación; porque es una ordenación normativa que hace la inteligencia divina para el recto ser y obrar de todo lo que existe.
Cuando explica su definición, Santo Tomás de Aquino dice que así como en la mente del pintor preexiste el boceto que luego plasmar en el lienzo, así en el entendimiento divino preexiste desde toda la eternidad el plan que dirigir todas las acciones y los movimientos de sus criaturas hasta el fin del mundo; este plan es la ley eterna.
Es razonable pensar que Dios dirige a sus criaturas a un fin y que, además, las guía de un modo acorde a su propia naturaleza. Así, los seres inanimados son dirigidos por leyes físicas con necesidad básica e ineludible; los animales irracionales por las leyes del instinto con necesidad también básica e ineludible; el hombre por la intimidación de una norma que, brillando en su razón y plegando su voluntad, lo conduce por la vía que le es propia.
3.3.2 PROPIEDADES DE LA LEY ETERNA
Las principales propiedades de la ley eterna son:
1) es inmutable, y lo es por su identificación con el entendimiento y la voluntad de Dios, aunque su conocimiento sea mudable en el hombre porque no la conoce totalmente y en sí misma como Dios y los bienaventurados en el cielo, sino por cierta participación en las cosas creadas;
2) es la norma suprema de toda moralidad y, consecuentemente, todas las demás leyes lo ser n en cuanto la reflejan con fidelidad; es decir, ninguna otra ley puede ser justa ni racional si no está en conformidad con la ley eterna;
3) es universal, pues todas las criaturas le están sujetas: unas de manera puramente instintiva, en cuanto que están determinadas por su misma naturaleza a actuar de determinado modo; y otras, las criaturas libres, por un sometimiento voluntario.
3.4 LA LEY NATURAL
Se entiende por ley natural la misma ley eterna en cuanto se refiere a las criaturas racionales.
Los minerales, las plantas y los animales obedecen siempre a la ley de Dios, ya que están guiados por leyes físicas y biológicas. Pero al hombre, Dios le ha dado la inteligencia para conocer su ley, que descubre dentro de sí mismo. A esa ley grabada por Dios en el corazón del hombre, la llamamos ley natural, y obliga a todos los hombres de todos los tiempos.
Por eso dice Santo Tomás de Aquino que la ley natural no es otra cosa que la participación de la ley eterna en la criatura racional (cfr. S. Th., I-II, q. 91, a. 2).
Al crear al hombre, Dios dota su naturaleza de una ordenación concreta que le posibilite conseguir el fin para el cual fue creado.
Por ejemplo, igual que hay unas normas de funcionamiento en la fabricación de un refrigerador para conseguir que enfríe, así Dios imprime en toda naturaleza humana las normas con las que ha de proceder para alcanzar su fin último.
Por lo tanto, por el sólo hecho de nacer, el hombre es súbdito de esta ley, aunque las heridas del pecado puedan oscurecer su conocimiento (p. ej., pueblos atrasados que permiten la poligamia, los sacrificios humanos, etc.).
En su Epístola a los Romanos habla San Pablo con toda claridad de la ley natural: En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley (se refiere a la ley mosaica, que les fue entregada sólo a los judíos), practican por naturaleza lo que manda la ley, son para sí mismos ley y muestran que la realidad de la ley está escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con los juicios contrapuestos que los acusan o los excusan (Rom. 2,14-15; ver también Rom. 1, 20 ss.).
3.4.1 CONTENIDO DE LA LEY NATURAL
Bajo el ámbito de la ley natural cae todo lo que es necesario para conservar el orden natural de las cosas establecido por Dios, y que puede ser conocido por la razón natural, independientemente de toda ley positiva. En otras palabras, la ley natural abarca todas aquellas normas de moralidad tan claras y elementales que todos los hombres pueden conocer con su sola razón.
Sin embargo, a pesar de su simplicidad, podemos distinguir en la ley natural tres grados o categorías de preceptos:
a) preceptos primarios y universalísimos, cuya ignorancia es imposible a cualquier hombre con uso de razón. Se han expresado de diversas formas: “no hagas al otro lo que no quieras para ti” “da a cada quien lo suyo”, “vive conforme a la recta razón”, “cumple siempre tu deber”, “observa el orden del ser”, etc., pero pueden todos ellos reducirse a uno solo: Haz el bien y evita el mal (cfr. S.Th. I-II, q. 94, a. 2);
b) principios secundarios o conclusiones próximas, que fluyen directa y claramente de los primeros principios y pueden ser conocidos por cualquier hombre casi sin esfuerzo o raciocinio. A este grado pertenecen todos los preceptos del decálogo;
c) conclusiones remotas, que se deducen de los principios primarios y secundarios luego de un raciocinio m s elaborado (p. ej., la indisolubilidad del matrimonio, la ilicitud de la venganza, etc.).
3.4.2 PROPIEDADES DE LA LEY NATURAL
La ley natural tiene unas características que la distinguen claramente de otras leyes:
A. Universalidad: quiere decir que la ley natural tiene vigencia en todo el mundo y para todas las gentes.
Esta característica se explica diciendo que la naturaleza humana es esencialmente la misma en cualquier hombre; las variaciones étnicas, regionales, etc., son sólo accidentales. Por eso, las leyes de su naturaleza son también comunes.
Lo anterior no impide que algunos hombres no la cumplan, y esas transgresiones no perjudican la vigencia de la ley.
B. Inmutabilidad: es característica de la ley natural que no cambie con los tiempos ni con las condiciones históricas o culturales. La razón es clara: la naturaleza humana no cambia en su esencia con el paso de los años.
El evolucionismo ético postula que la moralidad está sujeta a un cambio constante, que alcanza también a sus fundamentos. No tiene en cuenta que la ley natural obra siempre según el orden del ser y que, como el hombre y la naturaleza sólo cambian de modo accidental, las variaciones en la moral son también accidentales.
C. No admite dispensa: indica que ningún legislador humano puede dispensar de la observancia de la ley natural, pues es propio de la ley poder ser dispensada sólo por el legislador, que en este caso es Dios.
Esta característica se explica considerando que al ser Dios legislador sapientísimo, su ley alcanza a prever todas las eventualidades: cualquiera que sea la situación límite en que el hombre se encuentra, debe cumplir la ley natural.
Las aparentes excepciones de la ley que establece la moral en los casos de homicidio (ver 11.2.3.b) y hurto (ver 13.3.1.c) no son dispensas de la ley natural, sino auténticas interpretaciones que responden a la verdadera idea de la ley y no a su expresión más o menos acertada en preceptos escritos. La breve fórmula “no matarás” (o “no hurtarás”) no expresa, por la conveniencia de su brevedad, el contenido total del mandato que más bien se debería expresar: “no cometerás un homicidio (o un robo) injusto”.
Cuando una legislación humana establece una norma o permite determinadas conductas que contradicen la ley natural, emana sólo apariencia de ley y no hay obligación de seguirla, sino m s bien de rechazarla o de oponerse a ella (p. ej., una legislación que aprobara el aborto).
D. Evidencia: todos los hombres conocen la ley natural con sólo tener uso de razón, y su promulgación coincide con la adquisición de ese uso. Contra la evidencia parece que existen ciertas costumbres contrarias a la ley natural (p. ej., en pueblos de cultura inferior), pero eso lo único que significa es que la evidencia de la razón puede ser obscurecida por el pecado y las pasiones.
3.4.3 IGNORANCIA DE LA LEY NATURAL
Es imposible la ignorancia de los primeros principios en el hombre dotado de uso de razón.
Podría equivocarse al apreciar lo que es bueno o lo que es malo, pero no puede menos de saber que lo bueno ha de hacerse y lo malo evitarse.
Los principios secundarios o conclusiones próximas, que constituyen en gran parte los preceptos del decálogo, pueden ser ignorados al menos durante algún tiempo.
Aunque se deducen fácilmente con un simple raciocinio, el ambiente, la ignorancia, los vicios, etc., pueden inducir a que se desconozcan algunas consecuencias inmediatas de los primeros principios de la ley natural (p. ej., la malicia de los actos meramente internos, de la misma mentira oficiosa para evitarse algún disgusto, del perjurio para salvar la vida o la fama, del aborto para salvar a la madre, de la masturbación, etc.).
Sin embargo, esta ignorancia no puede prolongarse mucho tiempo sin que el hombre sospeche -por sí mismo- o por otros la malicia de sus actos.
Las conclusiones remotas, que suponen un razonamiento lento y difícil, pueden ser ignoradas de buena fe, incluso por largo tiempo, sobre todo entre la gente inculta (p. ej., la malicia de la sospecha temeraria, o de la omisión de los deberes cívicos, etc.).
3.5 LA LEY DIVINO-POSITIVA
Es la ley que procediendo de la libre voluntad de Dios legislador, es comunicada al hombre por medio de una revelación divina.
Su conveniencia se pone de manifiesto al considerar dos cosas:
a) Todos los hombres tienen la ley natural impresa en sus corazones, de manera que pueden conocer con la razón sus principios m s básicos. Sin embargo, el pecado original y los pecados personales con frecuencia oscurecen su conocimiento, por lo que Dios ha querido revelarnos su Voluntad, de modo que todos los hombres pudieran conocer lo que debían hacer para agradarle con mayor facilidad, con firme certeza y sin ningún error.
Así, Dios no se contentó con grabar su ley en la naturaleza humana, sino que además la manifestó al hombre claramente: en el Monte Sinaí, cuando ya el pueblo elegido había salido de Egipto, Dios reveló a Moisés los diez mandamientos (ver cap. 6). Los mandamientos nos señalan de manera cierta y segura el camino de la felicidad en esta vida y la otra. En ellos nos dice Dios lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso, lo que le agrada y lo que le desagrada.
b) El hombre está destinado a un fin sobrenatural, y para dirigirse a él debe cumplir también -con ayuda de la gracia- otros preceptos, además de los naturales. Por eso Jesucristo llevó a la perfección la ley que Dios dictó a Moisés en el Sinaí, al ponerse a Sí mismo como modelo y camino para alcanzar ese fin al que nos llama.
Esa perfección que Cristo ha traído a la tierra se contiene sobre todo en el mandamiento nuevo del amor: en primer lugar, el amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y en segundo término, el amor a los demás como Él nos ha amado.
Vemos, por tanto, que de hecho Dios nos ha revelado leyes en tres periodos de la historia:
1) a los Patriarcas, desde Adán hasta Moisés;
2) al pueblo elegido, con aquellas leyes recogidas en algunos libros del Antiguo Testamento;
3) en el Nuevo Testamento, que contiene la ley evangélica.
Algunas leyes positivas de los dos primeros periodos fueron después abolidas por el mismo Dios ya que eran meramente circunstanciales, mientras que la ley evangélica es definitiva, y aunque fue dada inmediatamente para los cristianos, incumbe de modo cierto a todos los hombres.
Por ejemplo, las leyes judiciales y ceremoniales dadas a los israelitas durante su éxodo nómada por el desierto eran prescripciones para ese pueblo en esas circunstancias. El precepto de la caridad enseñado por Jesucristo, sin embargo, es para todo hombre de todo lugar y época.
3.6 LAS LEYES HUMANAS
Son, como ya quedó dicho, las dictadas por la legítima autoridad -ya eclesiástica, ya civil-, en el orden al bien común.
Que la legítima autoridad tenga verdadera potestad dentro de su específica competencia para dar leyes que obliguen, no es posible ponerlo en duda: surge la misma naturaleza de la sociedad humana, que exige la dirección y el control de algunas leyes (cfr. Rom. 13, 1ss.; Hechos 5, 29).
De suyo, pues, es obligatoria ante Dios toda ley humana legítima y justa; es decir, toda ley que:
a) se ordene al bien común;
b) sea promulgada por la legítima autoridad y dentro de sus atribuciones;
c) sea buena en sí misma y en sus circunstancias;
d) se imponga a los súbditos obligados a ella en las debidas proporciones.
Sin embargo, cuando la ley es injusta porque fallen algunas de estas condiciones, no obliga, y en ocasiones puede ser incluso obligatorio desobedecerla abiertamente.
La ley injusta, al no tener la rectitud necesaria y esencial a toda ley, ya no es ley, porque contradice al bien divino. Es necesario, pues, distinguir entre legalidad y legitimidad. No es suficiente que una norma sea dictada dentro del legal establecido y por las autoridades competentes para que deba ser obedecida: es preciso que se acomode de una manera estricta a los principios de la ley natural y de la ley divino-positiva. Aquellas condiciones garantizan su legalidad formal, pero esta última es la que proporciona la legitimidad intrínseca.
Por tanto, si una ley civil se opone manifiestamente a la ley natural, o a la ley divino-positiva, o a la ley eclesiástica, no obliga, siendo en cambio obligatorio desobedecerla por tratarse de una ley injusta, que atenta al bien común.
TEOLOGÍA MORAL 002

LOS ACTOS HUMANOS
2.1 Definición del acto humano.
2.2 División del acto humano.
2.3 Elementos del acto humano.
2.3.1 La advertencia.
2.3.2 El consentimiento.
2.4 El acto voluntario indirecto.
2.5 Obstáculos al acto humano.
2.5.1 Obstáculos por parte del conocimiento: la ignorancia.
A. Noción de ignorancia.
B. División de la ignorancia.
C. Principios morales sobre la ignorancia.
D. Deber de conocer la Ley Moral.
2.5.2 Obstáculos por parte de la voluntad
A. El miedo.
B. Las pasiones.
C. La violencia.
D. Los hábitos.
2.6 La moralidad del acto humano.
2.6.1 El objeto.
2.6.2 Las circunstancias.
A. Noción.
B. Influjo de las circunstancias en la moralidad.
2.6.3 La finalidad.
2.6.4 Determinación de la moralidad del acto humano.
2.6.5 La ilicitud de obrar sólo por placer.
2.7 La recta comprensión de la libertad.
2.1 DEFINICIÓN DEL ACTO HUMANO
Los actos humanos son aquellos que proceden de la voluntad deliberada del hombre; es decir, los que realiza con conocimiento y libre voluntad (cfr. S.Th., I-II, q.1, a.1,c.) En ellos interviene primero el entendimiento, porque no se puede querer o desear lo que no se conoce: con el entendimiento el hombre advierte el objeto y delibera si puede y debe tender a él, o no. Una vez conocido el objeto, la voluntad se inclina hacia ‚l porque lo desea, o se aparta de él, rechazándolo.
Sólo en este caso cuando intervienen entendimiento y voluntad el hombre es dueño de sus actos, y por tanto, plenamente responsable de ellos. Y sólo en los actos humanos puede darse valoración moral.
No todos los actos que realiza el hombre son propiamente humanos, ya que como hemos señalado antes, pueden ser también:
1) meramente naturales: los que proceden de las potencias vegetativas y sensitivas, sobre las que el hombre no tiene control voluntario alguno, y son comunes con los animales: p. ej., la nutrición, circulación de la sangre, respiración, la percepción visual o auditiva, el sentir dolor o placer, etc.;
2) actos del hombre: los que proceden del hombre, pero faltando ya la advertencia (locos, niños pequeños, distracción total), ya la voluntariedad (por coacción física, p. ej.), ya ambas (p. ej., en el que duerme).
2.2 DIVISIÓN DEL ACTO HUMANO
Por su relación con la moralidad, el acto humano puede ser:
1) bueno o lícito, si está conforme con la ley moral (p. ej., el dar limosna);
2) malo o ilícito, si le es contrario (p. ej., mentir);
3) indiferente, cuando ni le es contrario ni conforme (p.ej., el caminar; cfr.2.6.1).
Aunque ésta es la división más importante, interesa señalar también que, en razón de las facultades que lo perfeccionan, el acto puede ser:
a) Interno: el realizado a través de las facultades internas del hombre, entendimiento, memoria, imaginación..., p. ej., el recuerdo de una acción pasada, o el deseo de algo futuro;
b) Externo: cuando intervienen también los órganos y sentidos del cuerpo (p. ej., comer o leer).
2.3 ELEMENTOS DEL ACTO HUMANO: LA ADVERTENCIA Y EL CONSENTIMIENTO
Ya hemos dicho que el acto humano exige la intervención de las potencias racionales, inteligencia y voluntad, que determinan sus elementos constitutivos: la advertencia en la inteligencia y el consentimiento en la voluntad.
2.3.1 LA ADVERTENCIA
Por la advertencia el hombre percibe la acción que va a realizar, o que ya está realizando. Esta advertencia puede ser plena o semiplena, según se advierta la acción con toda perfección o sólo imperfectamente (p. ej., estando semi-dormido).
Obviamente, todo acto humano requiere necesariamente de esa advertencia, de tal modo que un hombre que actúa a tal punto distraído que no advierte de ninguna manera lo que hace, no realizaría un acto humano.
No basta, sin embargo, que el acto sea advertido para que pueda ser imputado moralmente: en este caso es necesaria, además, la advertencia de la relación que tiene el acto con la moralidad (p. ej., el que advierte que está comiendo carne, pero no se da cuenta que es vigilia, realiza un acto humano que, sin embargo, no es imputable moralmente).
La advertencia, pues, ha de ser doble: advertencia del acto en sí y advertencia de la moralidad del acto.
2.3.2 EL CONSENTIMIENTO
Lleva al hombre a querer realizar ese acto previamente conocido, buscando con ello un fin. Como señala Santo Tomás (S. Th, I-II, q. 6, a. 1), acto voluntario o consentido es “el que procede de un principio intrínseco con conocimiento del fin”.
Ese acto voluntario –consentido- puede ser perfecto o imperfecto -según se realice con pleno o semipleno consentimiento- y directo o indirecto. Por la importancia que tiene en la práctica, estudiaremos con más detenimiento lo que se entiende por acto voluntario indirecto y directo.
2.4 EL ACTO VOLUNTARIO INDIRECTO
El acto voluntario indirecto se da cuando al realizar una acción, además del efecto que se persigue de modo directo con ella, se sigue otro efecto adicional, que no se pretende sino sólo se tolera por venir unido al primero (p. ej., el militar que bombardea una ciudad enemiga, a sabiendas de que morirán muchos inocentes: quiere directamente destruir al enemigo -voluntario directo-, y tolera la muerte de inocentes -voluntario indirecto-).
Es un acto, por tanto, del que se sigue un efecto bueno y otro malo, y por eso se le llama también voluntario de doble efecto.
Es importante percatarse de que no es un acto hecho con doble fin (p. ej., robar al rico para darle al pobre), sino un acto del que se siguen dos efectos: doble efecto, no doble fin.
"Robin Hood" o "Chucho el Roto" realizan acciones con doble fin: el fin inmediato es robar al rico: el fin mediato es darle ese dinero a los pobres. No es una acción de doble efecto, sino una acción con un fin propio y un fin ulterior.
Hay casos en que es lícito realizar acciones en que, junto a un efecto bueno se seguirá otro malo. Para que sea lícito realizar una acción de la que se siguen dos efectos, bueno uno (voluntario directo) y malo el otro (voluntario indirecto), es necesario que se reúnan determinadas condiciones:
1o. Que la acción sea buena en sí misma, o al menos indiferente.
Así, nunca es lícito realizar acciones malas (p. ej., mentir, jurar en falso, etc.), aunque con ellas se alcanzaran óptimos efectos, ya que el fin nunca justifica los medios, y por tanto no se puede hacer el mal para obtener un bien.
Para saber si la acción es buena o indiferente habrá que atender, como se ver más adelante, a su objeto, fin y circunstancias.
2o. Que el efecto inmediato o primero que se produce sea el bueno, y el malo sea sólo su consecuencia necesaria.
Es un principio que se deriva del anterior: es necesario que el buen efecto derive directamente de la acción, y no del efecto malo (p. ej., no sería lícito que por salvar la fama de una muchacha se procurara el aborto, pues el efecto primero es el aborto; no sería lícito matar a un inocente para después llegar hasta donde está el culpable, porque el efecto primero es la muerte del inocente).
3o. Que uno se proponga el fin bueno, es decir, el resultado del efecto bueno, y no el malo, que solamente se tolera.
Si se intentara el fin malo, aunque fuera a través del bueno, la acción sería inmoral, por la perversidad de la intención. El fin malo sólo se tolera, por ser imposible separarlo del bueno, con disgusto o desagrado.
Ni siquiera es lícito intentar los dos efectos, sino únicamente el bueno, permitiendo el malo solamente por su absoluta inseparabilidad del primero (p. ej., el empleado que amenazado de muerte da el dinero a los asaltantes, ha de tener como fin salvar su vida, y no que le roben al patrón). Aun teniendo los dos fines a la vez, el acto sería inmoral.
4o. Que haya un motivo proporcionado para permitir el efecto malo.
Porque el efecto malo -aunque vaya junto con el bueno y se le permita sólo de modo indirecto- es siempre materialmente malo, y el pecado material -en el que no existe voluntariedad de pecar- no se puede permitir sin causa proporcionada.
No sería lícito, por ejemplo, que para conseguir un pequeño arsenal de municiones del ejército enemigo haya que arrasar a todo un pueblo: el motivo no es proporcionado al efecto malo.
2.5 OBSTÁCULOS AL ACTO HUMANO
Se trata ahora de analizar algunos factores que afectan a los actos humanos, ya impidiendo el debido conocimiento de la acción, ya la libre elección de la voluntad; es decir, las causas que de alguna manera pueden modificar el acto humano en cuanto a su voluntariedad o a su advertencia y, por tanto, en relación con su moralidad.
Algunas de esas causas afectan al elemento cognoscitivo del acto humano (la advertencia), y otras al elemento volitivo (el consentimiento).
Estos obstáculos pueden incluso llegar a hacer que un “acto humano” pase a ser tan sólo “acto del hombre” (ver 2.1).
2.5.1 OBSTÁCULO POR PARTE DEL CONOCIMIENTO: LA IGNORANCIA
A. Noción de ignorancia. Por ignorancia se entiende falta de conocimiento de una obligación.
En Teología Moral suele definirse como la falta de la debida ciencia moral en un sujeto capaz; es decir, la ausencia de un conocimiento moral que se podría y debería tener. De este modo podemos distinguirla de:
- la nesciencia, o falta de conocimientos no obligatorios (p. Ej., de la medicina en quienes no son médicos);
- la inadvertencia, o falta de atención actual a una cosa que se conoce habitualmente;
- el olvido, o privación –actual o habitual- de un conocimiento que se tuvo anteriormente.
- el error, o juicio equivocado sobre la verdad de una cosa.
B. División de la ignorancia. La ignorancia puede ser vencible o invencible.
a) Ignorancia vencible: es aquella que se podría y debería superar, si se pudiera un esfuerzo razonable (p. Ej., consultando, estudiando, pensando, etc.). Se subdivide en:
- simplemente vencible; si se puso algún esfuerzo para vencerla, pero insuficiente e incompleto.
- crasa o supina; si no se hizo nada o casi nada por salir de ella y, por tanto, nace de un grave descuido en aprender las principales verdades de la fe y la moral, o los deberes propios del estado y oficio.
- afectada; cuando no se quiere hacer nada para superarla con objeto de pecar con mayor libertad; es, pues, una ignorancia plenamente voluntaria.
b) Ignorancia invencible; es aquella que no puede ser superada por el sujeto que la padece, ya sea porque de ninguna manera la advierte (p. Ej., el aborigen que no advierte la ilicitud de la venganza), o bien porque ha intentado en vano de salir de ella (preguntando o estudiando).
En ocasiones puede equipararse a la ignorancia invencible el olvido o la inadvertencia (p. Ej., el que come carne en el día de vigilia sin saberlo, de manera que no la comería si supiera).
La ignorancia invencible se da sobre todo en gente ruda e incivil. En una persona con preparación humana y escolar, la ignorancia en materia de fe y moral es casi siempre vencible.
C. Principios morales sobre la ignorancia
1º. La ignorancia invencible quita toda responsabilidad ante Dios, ya que es involuntaria y por tanto inculpable ante quien conoce el fondo de nuestros corazones (p. Ej., no peca el niño pequeño que sin saber hace una cosa mala). Es fácil entender este principio moral si se considera el adagio escolástico nihil volitum nisi praecognitum (“nada es deseado si antes no es conocido” Ver Dz. 1292).
2o. La ignorancia vencible es siempre culpable, en mayor o menor grado según la negligencia en averiguar la verdad. Así, es mayor la responsabilidad de una mala acción realizada con ignorancia crasa, que con simplemente vencible. Consecuentemente, puede ser pecado mortal si nace de descuidos graves.
3o. La ignorancia afectada, lejos de disminuir la responsabilidad, la aumenta, por la mayor malicia que supone.
D. Deber de conocer la Ley Moral
Como ya quedó señalado, la ignorancia puede a veces eximir de culpa y, en consecuencia, de responsabilidad moral. Sin embargo, es conveniente añadir que existe el deber de conocer la ley moral, para ir adecuando a ella nuestras acciones.
Ese conocimiento no debe limitarse a una determinada‚ poca de la vida la niñez o la juventud, sino que ha de desarrollarse a lo largo de toda la existencia humana, haciendo una especial referencia al trabajo que cada uno desarrolla en la sociedad. De aquí se deriva el concepto de moral profesional, como una aplicación de los principios morales generales a las circunstancias concretas de un ambiente determinado. Por lo tanto, el deber de salir de la ignorancia adquiere especial obligatoriedad en todo lo que se refiere al campo profesional y a los deberes de estado de cada persona.
2.5.2 OBSTÁCULOS POR PARTE DE LA VOLUNTAD
Los obstáculos que dificultan la libre elección de la voluntad son: el miedo, las pasiones, la violencia y los hábitos.
A. El miedo. Es una vacilación del ánimo ante un mal presente o futuro que nos amenaza, y que influye en la voluntad del que actúa.
En general, el miedo -aunque sea grande- no destruye el acto voluntario, a menos que su intensidad haga perder el uso de razón.
El miedo no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque el motivo sea considerable: salvar la propia vida, o la fama, etc. Sería ilícito, por ejemplo, renegar de la fe por miedo al castigo o a la muerte, o emplear medios anticonceptivos por temor a consecuencias graves en la salud ante un nuevo embarazo, etc.
Por el contrario, si a pesar del miedo el sujeto realiza la acción buena, es mayor el valor moral de esa acción.
A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado incontables casos de personas con un natural m s bien tímido y poco audaz que han superado el miedo para cumplir la voluntad de Dios. Es el caso, por ejemplo, de José de Arimatea que, siendo discípulo oculto de Cristo “por temor a los judíos” (Jn. 19, 38), sabe vencerse y dar la cara cuando otros huyen: reclama “audacter”, audazmente (Mc. 15, 43) de Pilato el cuerpo muerto del Señor.
A veces, sin embargo, el miedo puede excusar del cumplimiento de leyes positivas (es decir, de leyes puramente eclesiásticas) que mandan practicar un acto bueno, si causan gran incomodidad, porque en estos casos se sobreentiende que el legislador no tiene intención de obligar. Sería el caso, p. ej., de la esposa que para evitar un grave conflicto familiar deja de ayunar o de ir a Misa. Es una aplicación del principio que dice que las leyes positivas no obligan con grave incomodidad.
Nótese que se trata sólo de leyes positivas o, meramente, eclesiásticas. El cumplimiento de la ley divina -p.ej., amar a Dios sobre todas las cosas- obliga siempre, aun a costa de la propia vida (p. ej., los santos martirizados por negarse a incensar a los ídolos).
B. Las pasiones. Designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o no obrar. Son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso entre la vida sensible y la vida del espíritu.
Ejemplos de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.
Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el objeto al que tiendan. Por eso, deben ser dirigidas por la razón y regidas por la voluntad, para que no conduzcan al mal.
P. ej., la ira es santa si lleva a defender los bienes de Dios (es la ira de Jesucristo cuando expulsa a los vendedores del templo: cfr. Mc. 11, 15-19); el odio agrada a Dios si es odio al pecado; el placer es bueno si está regido por la recta razón. Si los objetos a que tienden las pasiones son malos, nos apartan del fin último: odio al prójimo, ira por motivos egoístas, placer desordenado, etc.
Si las pasiones se producen antes de que se realice la acción e influyen en ella, disminuyen la libertad por el ofuscamiento que suponen para la razón; incluso en arrebatos muy violentos, pueden llegar a destruir esa libertad (p. ej., el padre que llevado por la ira golpea mortalmente a su hijo pequeño).
Si se producen como consecuencia de la acción y son directamente provocadas, aumentan la voluntariedad (p. ej., el que recuerda las ofensas recibidas para aumentar la ira y el deseo de venganza).
Cuando surge un movimiento pasional que nos inclina al mal, la voluntad puede actuar de dos formas:
- negativamente, no aceptándolo ni rechazándolo;
- positivamente, aceptándolo o rechazándolo con un acto formal.
Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas no basta una resistencia negativa, puesto que supone quedar expuesto al peligro de consentir en ellas. Es necesario rechazarlas formalmente llevando el ánimo a otra cosa: es el medio más fácil y seguro, sobre todo para combatir los movimientos de sensualidad y de ira.
El naturalismo es la falsa doctrina que invita a no poner ninguna traba a las pasiones humanas, bajo pretextos pseudo-psicológicos (dar origen a traumas, p. ej.). Cae en el error base de olvidar que el hombre tiene, como consecuencia del pecado original, las pasiones desordenadas y proclives al pecado. La recta razón, como potencia superior, iluminada y fortalecida por la gracia, ha de someter y regir esos movimientos en el hombre.
C. La violencia. Es el impulso de un factor exterior que nos lleva a actuar en contra de nuestra voluntad.
Ese factor exterior puede ser físico (golpes, etc.) o moral (promesas, halagos, ruegos insistentes e inoportunos, etc.), que da lugar a la violencia física o moral.
La violencia física absoluta -que se da cuando la persona violentada ha opuesto toda la resistencia posible, sin poder vencerla- destruye la voluntariedad, con tal de que se resista interiormente para no consentir el mal.
La violencia moral nunca destruye la voluntariedad pues bajo ella el hombre permanece en todo momento dueño de su libertad.
La violencia física relativa disminuye la voluntariedad, en proporción a la resistencia que se opuso.
D. Los hábitos. Muy relacionados con el consentimiento están los hábitos o costumbres contraídas por la repetición de actos, y que se definen como firme y constante tendencia a actuar de una determinada forma. Esos hábitos pueden ser buenos y en ese caso los llamamos virtudes o malos: estos últimos constituyen los vicios.
El hábito de pecar -un vicio arraigado- disminuye la responsabilidad si hay esfuerzo por combatirlo, pero no de otra manera, ya que quien no lucha por desarraigar un hábito malo contraído voluntariamente se hace responsable no sólo de los actos que comete con advertencia, sino también de los inadvertidos: cuando no se combate la causa, al querer la causa se quiere el efecto.
Por el contrario, quien lucha contra sus vicios es responsable de los pecados que comete con advertencia, pero no de los que comete inadvertidamente, porque ya no hay voluntario en causa.
2.6 LA MORALIDAD DEL ACTO HUMANO
El acto humano no es una estructura simple, sino integrada por elementos diversos. ¿En cuáles de ellos estriba la moralidad de la acción? La pregunta anterior, clave para el estudio de la ciencia moral, se responde diciendo que, en el juicio sobre la bondad o maldad de un acto, es preciso considerar:
a) el objeto del acto en sí mismo,
b) las circunstancias que lo rodean, y
c) la finalidad que el sujeto se propone con ese acto.
Para dictaminar la moralidad de cualquier acción, hay que reflexionar antes sobre estos tres aspectos.
2.6.1 EL OBJETO
El objeto constituye el dato fundamental: es la acción misma del sujeto, pero tomada bajo su consideración moral.
Nótese que el objeto no es el acto sin más, sino que es el acto de acuerdo a su calificativo moral. Un mismo acto físico puede tener objetos muy diversos, como se aprecia en los ejemplos siguientes:
ACTO OBJETOS DIVERSOS:
matar/asesinato/defensa propia
Aborto/pena de muerte
Hablar/mentir/rezar
Insultar/adular
Bendecir/difamar
Jurar/blasfemar
La moralidad de un acto depende principalmente del objeto: si el objeto es malo, el acto será necesariamente malo; si el objeto es bueno, el acto será bueno si lo son las circunstancias y la finalidad.
Por ejemplo, nunca es lícito blasfemar, perjurar, calumniar, etc., por más que las circunstancias o la finalidad sean muy buenas.
Si el objeto del acto no tiene en sí mismo moralidad alguna (p. ej., pasear), la recibe de la finalidad que se intente (p. ej., para descansar y conservar la salud), o de las circunstancias que lo acompañan (p. ej., con una mala compañía).
La Teología Moral enseña que, aun cuando pueden darse objetos morales indiferentes en sí mismos ni buenos ni malos, sin embargo, en la práctica no existen acciones indiferentes (su calificativo moral procede en este caso del fin o de las circunstancias). De ahí que en concreto toda acción o es buena o es mala.
2.6.2 LAS CIRCUNSTANCIAS
A. Noción
Las circunstancias (circum-stare = hallarse alrededor) son diversos factores o modificaciones que afectan al acto humano. Se pueden considerar en concreto las siguientes (cfr. S. Th. I-II, q. 7, a. 3):1) quién realiza la acción (p. ej., peca más gravemente quien teniendo autoridad da mal ejemplo);
2) las consecuencias o efectos que se siguen de la acción (un leve descuido del médico puede ocasionar la muerte del paciente);
3) qué cosa: designa la cualidad de un objeto (p. ej., el robo de una cosa sagrada) o su cantidad (p. ej., el monto de lo robado);
4) dónde: el lugar donde se realiza la acción (p. ej., un pecado cometido en público es más grave, por el escándalo que supone);
5) con qué medios se realizó la acción (p. ej., si hubo fraude o engaño, o si se utilizó la violencia);
6) el modo como se realizó el acto (p. ej., rezar con atención o distraídamente, castigar a los hijos con exceso de crueldad);
7) cuándo se realizó la acción, ya que en ocasiones el tiempo influye en la moralidad (p. ej., comer carne en día de vigilia).
B. Influjo de las circunstancias en la moralidad
Hay circunstancias que atenúan la moralidad del acto, circunstancias que la agravan y, finalmente, circunstancias que añaden otras connotaciones morales a ese acto. Por ejemplo, actuar a impulso de una pasión puede -según los casos- atenuar o agravar la culpabilidad. Insultar es siempre malo: pero insultar a un semejante es mucho menos grave que insultar a una persona enferma.
Es claro que en el examen de los actos morales sólo deben tenerse en cuenta aquellas circunstancias que posean un influjo moral. Así, p. ej., en el caso del robo, da lo mismo que haya sido en martes o en jueves, etc.
1) Circunstancias que añaden connotación moral al pecado, haciendo que en un solo acto se cometan dos o m s pecados específicamente distintos (p. ej., el que roba un cáliz bendecido comete dos pecados: hurto y sacrilegio). La circunstancia que añade nueva connotación moral es la circunstancia “qué cosa”, en este caso la cualidad del cáliz, que estaba consagrado (de robo se muda en robo y en sacrilegio).
2) Circunstancias que cambian la especie teológica del pecado haciendo que un pecado pase de mortal a venial o al contrario (p. ej., el monto de lo robado indica si un pecado es venial o mortal).
3) Circunstancias que agravan o disminuyen el pecado sin cambiar su especie (p. ej., es más grave dar mal ejemplo a los niños que a los adultos; es menos grave la ofensa que procede de un brote repentino de ira al hacer deporte, etc.).
2.6.3 LA FINALIDADLa finalidad es la intención que tiene el hombre al realizar un acto, y puede coincidir o no con el objeto de la acción.
No coincide, p. ej., cuando camino por el campo (objeto) para recuperar la salud (fin). Si coincide, en cambio, en aquel que se emborracha (objeto) con el deseo de emborracharse (fin).
En relación a la moralidad, el fin del que actúa puede influir de modos diversos:
a) si el fin es bueno, agrega al acto bueno una nueva bondad (p. ej., oír Misa -objeto bueno- en reparación por los pecados -fin bueno-);
b) si el fin es malo, vicia por completo la bondad de un acto (p. ej., ir a Misa -objeto bueno- sólo para criticar a los asistentes -fin malo-);
c) cuando el acto es de suyo indiferente el fin lo convierte en bueno o en malo (p. ej., pasear frente al banco -objeto indiferente- para preparar el próximo robo -fin malo-);
d) si el fin es malo, agrega una nueva malicia a un acto de suyo malo (p. ej., robar -objeto malo- para después embriagarse -fin malo-);
e) el fin bueno del que actúa nunca puede convertir en buena una acción de suyo mala. Dice San Pablo: no deben hacerse cosas malas para que resulten bienes (cfr. Rom. 8,3); (p. ej., no se puede jurar en falso -objeto malo- para salvar a un inocente -fin bueno-, o dar muerte a alguien para liberarlo de sus dolores, o robar al rico para dar a los pobres, etc.).
2.6.4 DETERMINACIÓN DE LA MORALIDAD DEL ACTO HUMANO
El principio básico para juzgar la moralidad es el siguiente:
Para que una acción sea buena, es necesario que lo sean sus tres elementos: objeto bueno, fin bueno y circunstancias buenas; para que el acto sea malo, basta que lo sea cualquiera de sus elementos (“bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”: el bien nace de la rectitud total; el mal nace de un sólo defecto; S. Th., I-II, q. 18, a. 4, ad. 3).
La razón es clara: estos tres elementos forman una unidad indisoluble en el acto humano, y aunque uno solo de ellos sea contrario a la ley divina, si la voluntad obra a pesar de esta oposición, el acto es moralmente malo.
2.6.5 LA ILICITUD DE OBRAR SÓLO POR PLACER
La ilicitud de obrar sólo por placer es un principio moral que tiene en la vida práctica muchas consecuencias. Las premisas son las siguientes:
a) Dios ha querido que algunas acciones vayan acompañadas por el placer, dada la importancia para la conservación del individuo o de la especie.
b) Por eso mismo, el placer no tiene en sí razón de fin, sino que es sólo un medio que facilita la práctica de esos actos: “Delectatio est propter operationem et non et converso” (La delectación es para la operación y no al contrario: C.G., 3, c. 26).
c) Poner el deleite como fin de un acto implica trastocar el orden de las cosas señalado por Dios, y esa acción queda corrompida más o menos gravemente. Por ello, nunca es lícito obrar solamente por placer (p. ej., comer y beber por el solo placer es pecado; igualmente realizar el acto conyugal exclusivamente por el deleite que lo acompaña; cfr. Dz. 1158 y 1159).
d) Se puede actuar con placer, pero no siendo el deleite la realidad pretendida en sí misma (p. ej., es lícito el placer conyugal en orden a los fines del matrimonio, pero no cuando se busca como única finalidad. Lo mismo puede decirse de aquel que busca divertirse por divertirse).
e) Para que los actos tengan rectitud es siempre bueno referirlos a Dios, fin último del hombre, al menos de manera implícita: “Ya comáis ya bebáis, hacedlo por la gloria de Dios” (I Cor. 10, 31). Si se excluye en algún acto la intención de agradar a Dios, sería pecaminoso, aunque esta exclusión de la voluntad de agradar a Dios hace el acto pecaminoso si se efectúa de modo directo, no si se omite por inadvertencia.
2.7 LA RECTA COMPRENSIÓN DE LA LIBERTAD
Una de las notas propias de la persona -entre todos los seres visibles que habitan la tierra sólo el hombre es persona- es la libertad. Con ella, el hombre escapa del reino de la necesidad y es capaz de amar y lograr méritos. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos: sólo en la libertad el hombre es “padre” de sus actos.
En ocasiones puede considerarse la libertad como la capacidad de hacer lo que se quiera sin norma ni freno. Eso sería una especie de corrupción de la libertad, como el tumor cancerígeno lo es en un cuerpo. La libertad verdadera tiene un sentido y una orientación:
La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1731).
La libertad es posterior a la inteligencia y a la voluntad, radica en ellas, es decir, en el ser espiritual del hombre. Por tanto, la libertad ha de obedecer al modo de ser propio del hombre, siendo en el una fuerza de crecimiento y maduración en la verdad y la bondad. En otras palabras, alcanza su perfección cuando se ordena a Dios.
“Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto de crecer en perfección o de flaquear y pecar. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1732).
A la libertad que engrandece se llama libertad de calidad. Esa libertad engrandece al hombre, por ser sequi naturam, es decir, en conformidad con la naturaleza, que no debemos entender como una inclinación de orden biológico, pues concierne principalmente a la naturaleza racional, caracterizada por la apertura a la Verdad y al Bien y a la comunicación con los demás hombres. En otras palabras, la libertad de calidad es posterior a la razón, se apoya en ella y de ella extrae sus principios. Exactamente al revés del concepto erróneo de libertad como libertad de indiferencia, en que la libertad está antes de la razón, y puede ir impunemente contra ella. Es la libertad que no está sujeta a norma ni a freno, aquella que postula la autonomía de la indeterminación. Un libertinaje ilusorio e inabarcable, pero destructivo del hombre y su felicidad.
2.1 Definición del acto humano.
2.2 División del acto humano.
2.3 Elementos del acto humano.
2.3.1 La advertencia.
2.3.2 El consentimiento.
2.4 El acto voluntario indirecto.
2.5 Obstáculos al acto humano.
2.5.1 Obstáculos por parte del conocimiento: la ignorancia.
A. Noción de ignorancia.
B. División de la ignorancia.
C. Principios morales sobre la ignorancia.
D. Deber de conocer la Ley Moral.
2.5.2 Obstáculos por parte de la voluntad
A. El miedo.
B. Las pasiones.
C. La violencia.
D. Los hábitos.
2.6 La moralidad del acto humano.
2.6.1 El objeto.
2.6.2 Las circunstancias.
A. Noción.
B. Influjo de las circunstancias en la moralidad.
2.6.3 La finalidad.
2.6.4 Determinación de la moralidad del acto humano.
2.6.5 La ilicitud de obrar sólo por placer.
2.7 La recta comprensión de la libertad.
2.1 DEFINICIÓN DEL ACTO HUMANO
Los actos humanos son aquellos que proceden de la voluntad deliberada del hombre; es decir, los que realiza con conocimiento y libre voluntad (cfr. S.Th., I-II, q.1, a.1,c.) En ellos interviene primero el entendimiento, porque no se puede querer o desear lo que no se conoce: con el entendimiento el hombre advierte el objeto y delibera si puede y debe tender a él, o no. Una vez conocido el objeto, la voluntad se inclina hacia ‚l porque lo desea, o se aparta de él, rechazándolo.
Sólo en este caso cuando intervienen entendimiento y voluntad el hombre es dueño de sus actos, y por tanto, plenamente responsable de ellos. Y sólo en los actos humanos puede darse valoración moral.
No todos los actos que realiza el hombre son propiamente humanos, ya que como hemos señalado antes, pueden ser también:
1) meramente naturales: los que proceden de las potencias vegetativas y sensitivas, sobre las que el hombre no tiene control voluntario alguno, y son comunes con los animales: p. ej., la nutrición, circulación de la sangre, respiración, la percepción visual o auditiva, el sentir dolor o placer, etc.;
2) actos del hombre: los que proceden del hombre, pero faltando ya la advertencia (locos, niños pequeños, distracción total), ya la voluntariedad (por coacción física, p. ej.), ya ambas (p. ej., en el que duerme).
2.2 DIVISIÓN DEL ACTO HUMANO
Por su relación con la moralidad, el acto humano puede ser:
1) bueno o lícito, si está conforme con la ley moral (p. ej., el dar limosna);
2) malo o ilícito, si le es contrario (p. ej., mentir);
3) indiferente, cuando ni le es contrario ni conforme (p.ej., el caminar; cfr.2.6.1).
Aunque ésta es la división más importante, interesa señalar también que, en razón de las facultades que lo perfeccionan, el acto puede ser:
a) Interno: el realizado a través de las facultades internas del hombre, entendimiento, memoria, imaginación..., p. ej., el recuerdo de una acción pasada, o el deseo de algo futuro;
b) Externo: cuando intervienen también los órganos y sentidos del cuerpo (p. ej., comer o leer).
2.3 ELEMENTOS DEL ACTO HUMANO: LA ADVERTENCIA Y EL CONSENTIMIENTO
Ya hemos dicho que el acto humano exige la intervención de las potencias racionales, inteligencia y voluntad, que determinan sus elementos constitutivos: la advertencia en la inteligencia y el consentimiento en la voluntad.
2.3.1 LA ADVERTENCIA
Por la advertencia el hombre percibe la acción que va a realizar, o que ya está realizando. Esta advertencia puede ser plena o semiplena, según se advierta la acción con toda perfección o sólo imperfectamente (p. ej., estando semi-dormido).
Obviamente, todo acto humano requiere necesariamente de esa advertencia, de tal modo que un hombre que actúa a tal punto distraído que no advierte de ninguna manera lo que hace, no realizaría un acto humano.
No basta, sin embargo, que el acto sea advertido para que pueda ser imputado moralmente: en este caso es necesaria, además, la advertencia de la relación que tiene el acto con la moralidad (p. ej., el que advierte que está comiendo carne, pero no se da cuenta que es vigilia, realiza un acto humano que, sin embargo, no es imputable moralmente).
La advertencia, pues, ha de ser doble: advertencia del acto en sí y advertencia de la moralidad del acto.
2.3.2 EL CONSENTIMIENTO
Lleva al hombre a querer realizar ese acto previamente conocido, buscando con ello un fin. Como señala Santo Tomás (S. Th, I-II, q. 6, a. 1), acto voluntario o consentido es “el que procede de un principio intrínseco con conocimiento del fin”.
Ese acto voluntario –consentido- puede ser perfecto o imperfecto -según se realice con pleno o semipleno consentimiento- y directo o indirecto. Por la importancia que tiene en la práctica, estudiaremos con más detenimiento lo que se entiende por acto voluntario indirecto y directo.
2.4 EL ACTO VOLUNTARIO INDIRECTO
El acto voluntario indirecto se da cuando al realizar una acción, además del efecto que se persigue de modo directo con ella, se sigue otro efecto adicional, que no se pretende sino sólo se tolera por venir unido al primero (p. ej., el militar que bombardea una ciudad enemiga, a sabiendas de que morirán muchos inocentes: quiere directamente destruir al enemigo -voluntario directo-, y tolera la muerte de inocentes -voluntario indirecto-).
Es un acto, por tanto, del que se sigue un efecto bueno y otro malo, y por eso se le llama también voluntario de doble efecto.
Es importante percatarse de que no es un acto hecho con doble fin (p. ej., robar al rico para darle al pobre), sino un acto del que se siguen dos efectos: doble efecto, no doble fin.
"Robin Hood" o "Chucho el Roto" realizan acciones con doble fin: el fin inmediato es robar al rico: el fin mediato es darle ese dinero a los pobres. No es una acción de doble efecto, sino una acción con un fin propio y un fin ulterior.
Hay casos en que es lícito realizar acciones en que, junto a un efecto bueno se seguirá otro malo. Para que sea lícito realizar una acción de la que se siguen dos efectos, bueno uno (voluntario directo) y malo el otro (voluntario indirecto), es necesario que se reúnan determinadas condiciones:
1o. Que la acción sea buena en sí misma, o al menos indiferente.
Así, nunca es lícito realizar acciones malas (p. ej., mentir, jurar en falso, etc.), aunque con ellas se alcanzaran óptimos efectos, ya que el fin nunca justifica los medios, y por tanto no se puede hacer el mal para obtener un bien.
Para saber si la acción es buena o indiferente habrá que atender, como se ver más adelante, a su objeto, fin y circunstancias.
2o. Que el efecto inmediato o primero que se produce sea el bueno, y el malo sea sólo su consecuencia necesaria.
Es un principio que se deriva del anterior: es necesario que el buen efecto derive directamente de la acción, y no del efecto malo (p. ej., no sería lícito que por salvar la fama de una muchacha se procurara el aborto, pues el efecto primero es el aborto; no sería lícito matar a un inocente para después llegar hasta donde está el culpable, porque el efecto primero es la muerte del inocente).
3o. Que uno se proponga el fin bueno, es decir, el resultado del efecto bueno, y no el malo, que solamente se tolera.
Si se intentara el fin malo, aunque fuera a través del bueno, la acción sería inmoral, por la perversidad de la intención. El fin malo sólo se tolera, por ser imposible separarlo del bueno, con disgusto o desagrado.
Ni siquiera es lícito intentar los dos efectos, sino únicamente el bueno, permitiendo el malo solamente por su absoluta inseparabilidad del primero (p. ej., el empleado que amenazado de muerte da el dinero a los asaltantes, ha de tener como fin salvar su vida, y no que le roben al patrón). Aun teniendo los dos fines a la vez, el acto sería inmoral.
4o. Que haya un motivo proporcionado para permitir el efecto malo.
Porque el efecto malo -aunque vaya junto con el bueno y se le permita sólo de modo indirecto- es siempre materialmente malo, y el pecado material -en el que no existe voluntariedad de pecar- no se puede permitir sin causa proporcionada.
No sería lícito, por ejemplo, que para conseguir un pequeño arsenal de municiones del ejército enemigo haya que arrasar a todo un pueblo: el motivo no es proporcionado al efecto malo.
2.5 OBSTÁCULOS AL ACTO HUMANO
Se trata ahora de analizar algunos factores que afectan a los actos humanos, ya impidiendo el debido conocimiento de la acción, ya la libre elección de la voluntad; es decir, las causas que de alguna manera pueden modificar el acto humano en cuanto a su voluntariedad o a su advertencia y, por tanto, en relación con su moralidad.
Algunas de esas causas afectan al elemento cognoscitivo del acto humano (la advertencia), y otras al elemento volitivo (el consentimiento).
Estos obstáculos pueden incluso llegar a hacer que un “acto humano” pase a ser tan sólo “acto del hombre” (ver 2.1).
2.5.1 OBSTÁCULO POR PARTE DEL CONOCIMIENTO: LA IGNORANCIA
A. Noción de ignorancia. Por ignorancia se entiende falta de conocimiento de una obligación.
En Teología Moral suele definirse como la falta de la debida ciencia moral en un sujeto capaz; es decir, la ausencia de un conocimiento moral que se podría y debería tener. De este modo podemos distinguirla de:
- la nesciencia, o falta de conocimientos no obligatorios (p. Ej., de la medicina en quienes no son médicos);
- la inadvertencia, o falta de atención actual a una cosa que se conoce habitualmente;
- el olvido, o privación –actual o habitual- de un conocimiento que se tuvo anteriormente.
- el error, o juicio equivocado sobre la verdad de una cosa.
B. División de la ignorancia. La ignorancia puede ser vencible o invencible.
a) Ignorancia vencible: es aquella que se podría y debería superar, si se pudiera un esfuerzo razonable (p. Ej., consultando, estudiando, pensando, etc.). Se subdivide en:
- simplemente vencible; si se puso algún esfuerzo para vencerla, pero insuficiente e incompleto.
- crasa o supina; si no se hizo nada o casi nada por salir de ella y, por tanto, nace de un grave descuido en aprender las principales verdades de la fe y la moral, o los deberes propios del estado y oficio.
- afectada; cuando no se quiere hacer nada para superarla con objeto de pecar con mayor libertad; es, pues, una ignorancia plenamente voluntaria.
b) Ignorancia invencible; es aquella que no puede ser superada por el sujeto que la padece, ya sea porque de ninguna manera la advierte (p. Ej., el aborigen que no advierte la ilicitud de la venganza), o bien porque ha intentado en vano de salir de ella (preguntando o estudiando).
En ocasiones puede equipararse a la ignorancia invencible el olvido o la inadvertencia (p. Ej., el que come carne en el día de vigilia sin saberlo, de manera que no la comería si supiera).
La ignorancia invencible se da sobre todo en gente ruda e incivil. En una persona con preparación humana y escolar, la ignorancia en materia de fe y moral es casi siempre vencible.
C. Principios morales sobre la ignorancia
1º. La ignorancia invencible quita toda responsabilidad ante Dios, ya que es involuntaria y por tanto inculpable ante quien conoce el fondo de nuestros corazones (p. Ej., no peca el niño pequeño que sin saber hace una cosa mala). Es fácil entender este principio moral si se considera el adagio escolástico nihil volitum nisi praecognitum (“nada es deseado si antes no es conocido” Ver Dz. 1292).
2o. La ignorancia vencible es siempre culpable, en mayor o menor grado según la negligencia en averiguar la verdad. Así, es mayor la responsabilidad de una mala acción realizada con ignorancia crasa, que con simplemente vencible. Consecuentemente, puede ser pecado mortal si nace de descuidos graves.
3o. La ignorancia afectada, lejos de disminuir la responsabilidad, la aumenta, por la mayor malicia que supone.
D. Deber de conocer la Ley Moral
Como ya quedó señalado, la ignorancia puede a veces eximir de culpa y, en consecuencia, de responsabilidad moral. Sin embargo, es conveniente añadir que existe el deber de conocer la ley moral, para ir adecuando a ella nuestras acciones.
Ese conocimiento no debe limitarse a una determinada‚ poca de la vida la niñez o la juventud, sino que ha de desarrollarse a lo largo de toda la existencia humana, haciendo una especial referencia al trabajo que cada uno desarrolla en la sociedad. De aquí se deriva el concepto de moral profesional, como una aplicación de los principios morales generales a las circunstancias concretas de un ambiente determinado. Por lo tanto, el deber de salir de la ignorancia adquiere especial obligatoriedad en todo lo que se refiere al campo profesional y a los deberes de estado de cada persona.
2.5.2 OBSTÁCULOS POR PARTE DE LA VOLUNTAD
Los obstáculos que dificultan la libre elección de la voluntad son: el miedo, las pasiones, la violencia y los hábitos.
A. El miedo. Es una vacilación del ánimo ante un mal presente o futuro que nos amenaza, y que influye en la voluntad del que actúa.
En general, el miedo -aunque sea grande- no destruye el acto voluntario, a menos que su intensidad haga perder el uso de razón.
El miedo no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque el motivo sea considerable: salvar la propia vida, o la fama, etc. Sería ilícito, por ejemplo, renegar de la fe por miedo al castigo o a la muerte, o emplear medios anticonceptivos por temor a consecuencias graves en la salud ante un nuevo embarazo, etc.
Por el contrario, si a pesar del miedo el sujeto realiza la acción buena, es mayor el valor moral de esa acción.
A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado incontables casos de personas con un natural m s bien tímido y poco audaz que han superado el miedo para cumplir la voluntad de Dios. Es el caso, por ejemplo, de José de Arimatea que, siendo discípulo oculto de Cristo “por temor a los judíos” (Jn. 19, 38), sabe vencerse y dar la cara cuando otros huyen: reclama “audacter”, audazmente (Mc. 15, 43) de Pilato el cuerpo muerto del Señor.
A veces, sin embargo, el miedo puede excusar del cumplimiento de leyes positivas (es decir, de leyes puramente eclesiásticas) que mandan practicar un acto bueno, si causan gran incomodidad, porque en estos casos se sobreentiende que el legislador no tiene intención de obligar. Sería el caso, p. ej., de la esposa que para evitar un grave conflicto familiar deja de ayunar o de ir a Misa. Es una aplicación del principio que dice que las leyes positivas no obligan con grave incomodidad.
Nótese que se trata sólo de leyes positivas o, meramente, eclesiásticas. El cumplimiento de la ley divina -p.ej., amar a Dios sobre todas las cosas- obliga siempre, aun a costa de la propia vida (p. ej., los santos martirizados por negarse a incensar a los ídolos).
B. Las pasiones. Designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o no obrar. Son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso entre la vida sensible y la vida del espíritu.
Ejemplos de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira.
Las pasiones son en sí mismas indiferentes, pero se convierten en buenas o malas según el objeto al que tiendan. Por eso, deben ser dirigidas por la razón y regidas por la voluntad, para que no conduzcan al mal.
P. ej., la ira es santa si lleva a defender los bienes de Dios (es la ira de Jesucristo cuando expulsa a los vendedores del templo: cfr. Mc. 11, 15-19); el odio agrada a Dios si es odio al pecado; el placer es bueno si está regido por la recta razón. Si los objetos a que tienden las pasiones son malos, nos apartan del fin último: odio al prójimo, ira por motivos egoístas, placer desordenado, etc.
Si las pasiones se producen antes de que se realice la acción e influyen en ella, disminuyen la libertad por el ofuscamiento que suponen para la razón; incluso en arrebatos muy violentos, pueden llegar a destruir esa libertad (p. ej., el padre que llevado por la ira golpea mortalmente a su hijo pequeño).
Si se producen como consecuencia de la acción y son directamente provocadas, aumentan la voluntariedad (p. ej., el que recuerda las ofensas recibidas para aumentar la ira y el deseo de venganza).
Cuando surge un movimiento pasional que nos inclina al mal, la voluntad puede actuar de dos formas:
- negativamente, no aceptándolo ni rechazándolo;
- positivamente, aceptándolo o rechazándolo con un acto formal.
Para luchar eficazmente contra las pasiones desordenadas no basta una resistencia negativa, puesto que supone quedar expuesto al peligro de consentir en ellas. Es necesario rechazarlas formalmente llevando el ánimo a otra cosa: es el medio más fácil y seguro, sobre todo para combatir los movimientos de sensualidad y de ira.
El naturalismo es la falsa doctrina que invita a no poner ninguna traba a las pasiones humanas, bajo pretextos pseudo-psicológicos (dar origen a traumas, p. ej.). Cae en el error base de olvidar que el hombre tiene, como consecuencia del pecado original, las pasiones desordenadas y proclives al pecado. La recta razón, como potencia superior, iluminada y fortalecida por la gracia, ha de someter y regir esos movimientos en el hombre.
C. La violencia. Es el impulso de un factor exterior que nos lleva a actuar en contra de nuestra voluntad.
Ese factor exterior puede ser físico (golpes, etc.) o moral (promesas, halagos, ruegos insistentes e inoportunos, etc.), que da lugar a la violencia física o moral.
La violencia física absoluta -que se da cuando la persona violentada ha opuesto toda la resistencia posible, sin poder vencerla- destruye la voluntariedad, con tal de que se resista interiormente para no consentir el mal.
La violencia moral nunca destruye la voluntariedad pues bajo ella el hombre permanece en todo momento dueño de su libertad.
La violencia física relativa disminuye la voluntariedad, en proporción a la resistencia que se opuso.
D. Los hábitos. Muy relacionados con el consentimiento están los hábitos o costumbres contraídas por la repetición de actos, y que se definen como firme y constante tendencia a actuar de una determinada forma. Esos hábitos pueden ser buenos y en ese caso los llamamos virtudes o malos: estos últimos constituyen los vicios.
El hábito de pecar -un vicio arraigado- disminuye la responsabilidad si hay esfuerzo por combatirlo, pero no de otra manera, ya que quien no lucha por desarraigar un hábito malo contraído voluntariamente se hace responsable no sólo de los actos que comete con advertencia, sino también de los inadvertidos: cuando no se combate la causa, al querer la causa se quiere el efecto.
Por el contrario, quien lucha contra sus vicios es responsable de los pecados que comete con advertencia, pero no de los que comete inadvertidamente, porque ya no hay voluntario en causa.
2.6 LA MORALIDAD DEL ACTO HUMANO
El acto humano no es una estructura simple, sino integrada por elementos diversos. ¿En cuáles de ellos estriba la moralidad de la acción? La pregunta anterior, clave para el estudio de la ciencia moral, se responde diciendo que, en el juicio sobre la bondad o maldad de un acto, es preciso considerar:
a) el objeto del acto en sí mismo,
b) las circunstancias que lo rodean, y
c) la finalidad que el sujeto se propone con ese acto.
Para dictaminar la moralidad de cualquier acción, hay que reflexionar antes sobre estos tres aspectos.
2.6.1 EL OBJETO
El objeto constituye el dato fundamental: es la acción misma del sujeto, pero tomada bajo su consideración moral.
Nótese que el objeto no es el acto sin más, sino que es el acto de acuerdo a su calificativo moral. Un mismo acto físico puede tener objetos muy diversos, como se aprecia en los ejemplos siguientes:
ACTO OBJETOS DIVERSOS:
matar/asesinato/defensa propia
Aborto/pena de muerte
Hablar/mentir/rezar
Insultar/adular
Bendecir/difamar
Jurar/blasfemar
La moralidad de un acto depende principalmente del objeto: si el objeto es malo, el acto será necesariamente malo; si el objeto es bueno, el acto será bueno si lo son las circunstancias y la finalidad.
Por ejemplo, nunca es lícito blasfemar, perjurar, calumniar, etc., por más que las circunstancias o la finalidad sean muy buenas.
Si el objeto del acto no tiene en sí mismo moralidad alguna (p. ej., pasear), la recibe de la finalidad que se intente (p. ej., para descansar y conservar la salud), o de las circunstancias que lo acompañan (p. ej., con una mala compañía).
La Teología Moral enseña que, aun cuando pueden darse objetos morales indiferentes en sí mismos ni buenos ni malos, sin embargo, en la práctica no existen acciones indiferentes (su calificativo moral procede en este caso del fin o de las circunstancias). De ahí que en concreto toda acción o es buena o es mala.
2.6.2 LAS CIRCUNSTANCIAS
A. Noción
Las circunstancias (circum-stare = hallarse alrededor) son diversos factores o modificaciones que afectan al acto humano. Se pueden considerar en concreto las siguientes (cfr. S. Th. I-II, q. 7, a. 3):1) quién realiza la acción (p. ej., peca más gravemente quien teniendo autoridad da mal ejemplo);
2) las consecuencias o efectos que se siguen de la acción (un leve descuido del médico puede ocasionar la muerte del paciente);
3) qué cosa: designa la cualidad de un objeto (p. ej., el robo de una cosa sagrada) o su cantidad (p. ej., el monto de lo robado);
4) dónde: el lugar donde se realiza la acción (p. ej., un pecado cometido en público es más grave, por el escándalo que supone);
5) con qué medios se realizó la acción (p. ej., si hubo fraude o engaño, o si se utilizó la violencia);
6) el modo como se realizó el acto (p. ej., rezar con atención o distraídamente, castigar a los hijos con exceso de crueldad);
7) cuándo se realizó la acción, ya que en ocasiones el tiempo influye en la moralidad (p. ej., comer carne en día de vigilia).
B. Influjo de las circunstancias en la moralidad
Hay circunstancias que atenúan la moralidad del acto, circunstancias que la agravan y, finalmente, circunstancias que añaden otras connotaciones morales a ese acto. Por ejemplo, actuar a impulso de una pasión puede -según los casos- atenuar o agravar la culpabilidad. Insultar es siempre malo: pero insultar a un semejante es mucho menos grave que insultar a una persona enferma.
Es claro que en el examen de los actos morales sólo deben tenerse en cuenta aquellas circunstancias que posean un influjo moral. Así, p. ej., en el caso del robo, da lo mismo que haya sido en martes o en jueves, etc.
1) Circunstancias que añaden connotación moral al pecado, haciendo que en un solo acto se cometan dos o m s pecados específicamente distintos (p. ej., el que roba un cáliz bendecido comete dos pecados: hurto y sacrilegio). La circunstancia que añade nueva connotación moral es la circunstancia “qué cosa”, en este caso la cualidad del cáliz, que estaba consagrado (de robo se muda en robo y en sacrilegio).
2) Circunstancias que cambian la especie teológica del pecado haciendo que un pecado pase de mortal a venial o al contrario (p. ej., el monto de lo robado indica si un pecado es venial o mortal).
3) Circunstancias que agravan o disminuyen el pecado sin cambiar su especie (p. ej., es más grave dar mal ejemplo a los niños que a los adultos; es menos grave la ofensa que procede de un brote repentino de ira al hacer deporte, etc.).
2.6.3 LA FINALIDADLa finalidad es la intención que tiene el hombre al realizar un acto, y puede coincidir o no con el objeto de la acción.
No coincide, p. ej., cuando camino por el campo (objeto) para recuperar la salud (fin). Si coincide, en cambio, en aquel que se emborracha (objeto) con el deseo de emborracharse (fin).
En relación a la moralidad, el fin del que actúa puede influir de modos diversos:
a) si el fin es bueno, agrega al acto bueno una nueva bondad (p. ej., oír Misa -objeto bueno- en reparación por los pecados -fin bueno-);
b) si el fin es malo, vicia por completo la bondad de un acto (p. ej., ir a Misa -objeto bueno- sólo para criticar a los asistentes -fin malo-);
c) cuando el acto es de suyo indiferente el fin lo convierte en bueno o en malo (p. ej., pasear frente al banco -objeto indiferente- para preparar el próximo robo -fin malo-);
d) si el fin es malo, agrega una nueva malicia a un acto de suyo malo (p. ej., robar -objeto malo- para después embriagarse -fin malo-);
e) el fin bueno del que actúa nunca puede convertir en buena una acción de suyo mala. Dice San Pablo: no deben hacerse cosas malas para que resulten bienes (cfr. Rom. 8,3); (p. ej., no se puede jurar en falso -objeto malo- para salvar a un inocente -fin bueno-, o dar muerte a alguien para liberarlo de sus dolores, o robar al rico para dar a los pobres, etc.).
2.6.4 DETERMINACIÓN DE LA MORALIDAD DEL ACTO HUMANO
El principio básico para juzgar la moralidad es el siguiente:
Para que una acción sea buena, es necesario que lo sean sus tres elementos: objeto bueno, fin bueno y circunstancias buenas; para que el acto sea malo, basta que lo sea cualquiera de sus elementos (“bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”: el bien nace de la rectitud total; el mal nace de un sólo defecto; S. Th., I-II, q. 18, a. 4, ad. 3).
La razón es clara: estos tres elementos forman una unidad indisoluble en el acto humano, y aunque uno solo de ellos sea contrario a la ley divina, si la voluntad obra a pesar de esta oposición, el acto es moralmente malo.
2.6.5 LA ILICITUD DE OBRAR SÓLO POR PLACER
La ilicitud de obrar sólo por placer es un principio moral que tiene en la vida práctica muchas consecuencias. Las premisas son las siguientes:
a) Dios ha querido que algunas acciones vayan acompañadas por el placer, dada la importancia para la conservación del individuo o de la especie.
b) Por eso mismo, el placer no tiene en sí razón de fin, sino que es sólo un medio que facilita la práctica de esos actos: “Delectatio est propter operationem et non et converso” (La delectación es para la operación y no al contrario: C.G., 3, c. 26).
c) Poner el deleite como fin de un acto implica trastocar el orden de las cosas señalado por Dios, y esa acción queda corrompida más o menos gravemente. Por ello, nunca es lícito obrar solamente por placer (p. ej., comer y beber por el solo placer es pecado; igualmente realizar el acto conyugal exclusivamente por el deleite que lo acompaña; cfr. Dz. 1158 y 1159).
d) Se puede actuar con placer, pero no siendo el deleite la realidad pretendida en sí misma (p. ej., es lícito el placer conyugal en orden a los fines del matrimonio, pero no cuando se busca como única finalidad. Lo mismo puede decirse de aquel que busca divertirse por divertirse).
e) Para que los actos tengan rectitud es siempre bueno referirlos a Dios, fin último del hombre, al menos de manera implícita: “Ya comáis ya bebáis, hacedlo por la gloria de Dios” (I Cor. 10, 31). Si se excluye en algún acto la intención de agradar a Dios, sería pecaminoso, aunque esta exclusión de la voluntad de agradar a Dios hace el acto pecaminoso si se efectúa de modo directo, no si se omite por inadvertencia.
2.7 LA RECTA COMPRENSIÓN DE LA LIBERTAD
Una de las notas propias de la persona -entre todos los seres visibles que habitan la tierra sólo el hombre es persona- es la libertad. Con ella, el hombre escapa del reino de la necesidad y es capaz de amar y lograr méritos. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos: sólo en la libertad el hombre es “padre” de sus actos.
En ocasiones puede considerarse la libertad como la capacidad de hacer lo que se quiera sin norma ni freno. Eso sería una especie de corrupción de la libertad, como el tumor cancerígeno lo es en un cuerpo. La libertad verdadera tiene un sentido y una orientación:
La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1731).
La libertad es posterior a la inteligencia y a la voluntad, radica en ellas, es decir, en el ser espiritual del hombre. Por tanto, la libertad ha de obedecer al modo de ser propio del hombre, siendo en el una fuerza de crecimiento y maduración en la verdad y la bondad. En otras palabras, alcanza su perfección cuando se ordena a Dios.
“Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto de crecer en perfección o de flaquear y pecar. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1732).
A la libertad que engrandece se llama libertad de calidad. Esa libertad engrandece al hombre, por ser sequi naturam, es decir, en conformidad con la naturaleza, que no debemos entender como una inclinación de orden biológico, pues concierne principalmente a la naturaleza racional, caracterizada por la apertura a la Verdad y al Bien y a la comunicación con los demás hombres. En otras palabras, la libertad de calidad es posterior a la razón, se apoya en ella y de ella extrae sus principios. Exactamente al revés del concepto erróneo de libertad como libertad de indiferencia, en que la libertad está antes de la razón, y puede ir impunemente contra ella. Es la libertad que no está sujeta a norma ni a freno, aquella que postula la autonomía de la indeterminación. Un libertinaje ilusorio e inabarcable, pero destructivo del hombre y su felicidad.
TEOLOGÍA MORAL OO1

NOCIONES GENERALES
1.1 Definición de Teología Moral.
1.2 La Moral como ciencia de la felicidad.
1.3 Fuentes de Teología Moral.
1.3.1 La Sagrada Escritura.
1.3.2 La Tradición Cristiana.
1.3.3 El Magisterio de la Iglesia.
1.3.4 Otras fuentes subsidiarias.
1.4 Falsas concepciones sobre la Moral.
1.4.1 Moral de actitudes.
1.4.2 Moral de situación.
1.4.3 La “Nueva Moral”.
1.4.4 Moral consecuencialista.
1.1 DEFINICIÓN DE TEOLOGÍA MORAL
La Teología Moral o simplemente Moral, es aquella parte de la Teología que estudia los actos humanos, considerándolos en orden a su fin sobrenatural.
La Teología Moral ayuda al hombre a guiar sus actos y es, por tanto, una ciencia eminentemente práctica. En su vida terrena, que es un caminar hacia el cielo, el hombre necesita de esa orientación, con el fin de que su conducta se adecue a una norma objetiva que le indique lo que debe hacer y lo que debe evitar para alcanzar el fin al que ha sido destinado.
Analizando la definición de Teología Moral, encontramos los siguientes elementos:
a) Es parte de la Teología porque, como explica Santo Tomás de Aquino (cfr. S.Th., I, q. 2, prol.), se ocupa del movimiento de la criatura racional hacia Dios, siendo precisamente la Teología la ciencia que se dedica al estudio y conocimiento de Dios.
b) Que trata de los actos humanos, es decir, de aquellos actos que el hombre ejecuta con conocimiento y con libre voluntad y, por tanto, son los únicos a los que puede darse una valoración moral. De esta manera se excluyen otro tipo de actos:
- Los que, aunque hechos por el hombre, son puramente naturales y en los que no se da control voluntario alguno: p. ej., la digestión o la respiración.
- Los que se realizan sin pleno conocimiento: p. ej., aquellos realizados por un demente, o la omisión de algo por un olvido inculpable.
- Los que se realizan sin plena voluntad: p. ej., una acción realizada bajo el influjo de una violencia irresistible.
c) En orden al fin sobrenatural. Esos actos humanos no son considerados en su mera esencia o constitutivo interno (lo que es propio de la psicología), ni en orden a una moralidad puramente humana o natural (lo que corresponde a la ética o filosofía moral), sino en orden a su moralidad sobrenatural: es decir, en cuanto acercan o alejan al hombre de la consecución del fin sobrenatural eterno.
De acuerdo con esto, podemos encontrar en la Moral cuatro elementos, que de alguna manera la constituyen:
1) El fundamento en que descansa, es decir, el motivo en el cual se apoya para prohibir o prescribir las acciones humanas. Se trata de un fundamento inmutable: la Voluntad santa de Dios, guiada por su Sabiduría.
2) El fin que se propone con un mandato o con una prohibición: encaminar al hombre a la posesión eterna del bien infinito.
3) La obligación que impone, que es el vínculo moral que liga a la voluntad estrictamente, para que actúe conforme al mandato divino.
4) La sanción con que remunera: el premio eterno que merece quien cumple la Voluntad de Dios, o el castigo también eterno a que se hace acreedor quien la quebranta.
1.2 LA MORAL COMO CIENCIA DE LA FELICIDAD
La Teología Moral se presenta como la ciencia de la felicidad porque muestra los caminos que a ella conducen. Los preceptos que enseña tienen sentido precisamente por la promesa de la bienaventuranza eterna que Dios ha hecho a quienes los cumplen.
Todos los razonamientos sobre la conducta no son sino una respuesta a la pregunta sobre la felicidad del hombre: El hombre no tiene otra razón para filosofar m s que su deseo de ser feliz, escribió San Agustín en la Ciudad de Dios (1. XIX, c. 1).
Felicidad terrena y orientación al fin último son cuestiones paralelas: quien se encuentra orientado en la dirección correcta va teniendo ya aquí iniciada la felicidad que poseer luego en plenitud: La felicidad en el cielo es para los que saben ser felices en la tierra (J. Escrivá de B., Forja, 1005).
Y ya que el conocimiento y la práctica de las normas morales resulta la más importante realidad en la vida del hombre, no se limitó Dios a imprimir en la naturaleza humana esa ley moral, sino que además la ha revelado explícitamente para que sea conocida por todos, de modo fácil, con firme certeza, y sin mezcla de error alguno (Catecismo, n. 38).
A los auxilios extrínsecos de la Revelación, Dios añade la ayuda de la gracia divina luz en la inteligencia y fuerza en la voluntad para la mejor comprensión y ejercicio de la vida moral.
Esta múltiple acción divina deja ver que la ciencia de la moral ha de ser rectora de todos los actos humanos, para que estén siempre conformes con su fin sobrenatural eterno.
De lo anterior se deduce la importancia y la necesidad de conocer, del modo m s completo y perfecto posible, los postulados, desarrollos y conclusiones de la ciencia moral.
1.3 FUENTES DE TEOLOGÍA MORAL
Las fuentes de la moral son todas las realidades en las que se basa esta ciencia, y de las que obtiene su fundamento. Tal fundamento es, como dijimos, la Inteligencia y la Voluntad divinas, manifestadas en:
1.3.1 LA SAGRADA ESCRITURA
Que por ser la misma Palabra de Dios, es la primera y principal fuente de la moral cristiana.
Como dice San Agustín (In Ps. 90; PL 37, 1159), la Sagrada Escritura no es otra cosa que una serie de cartas enviadas por Dios a los hombres para exhortarnos a vivir sanamente.
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios estableció prescripciones de orden moral, para que el hombre conociera con certeza y sin error las normas de su conducta.
No conviene olvidar, sin embargo, que muchos preceptos del Antiguo Testamento, meramente ceremoniales y jurídicos, fueron abrogados en el Nuevo Testamento, permaneciendo, en cambio, los preceptos morales que tienen su fundamento en la misma naturaleza humana.
Incluso en el Nuevo Testamento hay también algunas prescripciones que tuvieron una finalidad puramente circunstancial y temporal, y que no obligan ya: p. ej., la abstención de comer carne de animales ahogados (cfr. Hechos 15, 29).
De lo anterior se sigue que la recta interpretación de la Sagrada Escritura no ha de dejarse como quieren los protestantes a la libre subjetividad de cada uno, sino que exige el concurso de las demás fuentes, de modo especial del juicio infalible del Magisterio de la Iglesia.
1.3.2 LA TRADICIÓN CRISTIANA
Fuente complementaria de la Sagrada Escritura. Como es sabido, no todas las verdades reveladas por Dios están contenidas en la Biblia. Muchas de ellas fueron reveladas oralmente por el mismo Cristo o por medio de los Apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, y han llegado hasta nosotros transmitidas por la Tradición.
La Tradición se manifiesta de modos distintos, y es infalible sólo cuando est reconocida y sancionada por el Magisterio de la Iglesia. Los principales cauces a través de los cuales nos llega la Tradición son:
Los Santos Padres: conjunto de escritores de los primeros siglos de la Iglesia, que por su antigüedad, su doctrina, la santidad de la vida y la aprobación de la Iglesia merecen ser considerados como auténticos testigos de la Revelación de Cristo.
En materia de fe y costumbres, no es lícito rechazar la enseñanza moralmente unánime de los Padres sobre una verdad.
Entre ellos destacan los llamados cuatro Padres orientales: S. Atanasio, S. Basilio, S. Gregorio Nacianzeno y S. Juan Crisóstomo; y los cuatro Padres latinos: S. Ambrosio, S. Jerónimo, S. Agustín y S. Gregorio Magno.
Los Teólogos: autores posteriores a la época patrística que se dedican al estudio científico y sistemático de las verdades relacionadas con la fe y las costumbres. Sobre todos ellos destaca Santo Tomás de Aquino (1225-1274), declarado Doctor común y universal, y cuya doctrina la Iglesia ha hecho propia, prescribiéndola como base para la enseñanza de la filosofía y de la teología (cfr. Dz. 2191-2192).
La misma vida de la Iglesia, desde sus inicios, a través de la liturgia y del sentir del pueblo cristiano.
1.3.3 EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
Que por expresa disposición de Cristo custodia e interpreta legítimamente la Revelación divina, y tiene plena autoridad para imponer leyes a los hombres, con la misma fuerza que si vinieran directamente de Dios.
Esta autoridad la tiene no sólo en el orden privado e individual, sino también en el público y social, interpretando el derecho natural y el derecho divino positivo, y dando su juicio definitivo e infalible en materia de fe y costumbres. Recientemente lo ha recordado el episcopado latinoamericano, cuando dice que en el Magisterio de la Iglesia encontramos la instancia de decisión y de interpretación auténtica y fiel de la doctrina de fe y de la ley moral (III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla, n. 374).
La infalibilidad del Magisterio eclesiástico no se da sólo en cuestión de fe, sino también en cuestiones de moral y, dentro de ésta, no exclusivamente en los principios generales, sino que llega hasta las normas particulares y concretas.
Aclaramos lo anterior ante el error de quienes afirman que las normas concretas de la ley moral natural no pueden ser enseñadas infaliblemente por el Magisterio de la Iglesia y, por tanto, es posible disentir de sus enseñanzas cuando hay motivos justos.
Sostienen estos autores que el Magisterio sólo puede enseñar de modo infalible las normas morales reveladas por Dios explícitamente como de valor permanente, o las derivadas inmediatamente de ellas.
El Concilio Vaticano II enseña, por el contrario, que el objeto posible de la enseñanza infalible de la Iglesia no es sólo lo que se contiene en la Revelación explícita o implícitamente, sino también todo lo necesario para custodiar y exponer fielmente el depósito revelado. Así fue explicado oficialmente por la Comisión Teológica del Concilio en relación al n. 25 de la Const. Lumen gentium (cfr. Acta Synodalia Sacr. Oecum. Conc. Vat. II, II, III, 1, p. 251. También la Decl. Mysterium Ecclesiae de la S. C. para la Doctrina de la Fe, del 24-VI-1973).
Es indudable que hay algunas normas morales concretas contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición como permanentes y universales (especialmente el Decálogo), que el Magisterio de la Iglesia puede enseñar de modo infalible (cfr. CIC, c. 749).
“Existen normas morales que tienen un preciso contenido, inmutable e incondicionado (...): por ejemplo, la norma que prohíbe la contracepción, o la que prohíbe la supresión directa de la vida de la persona inocente. Sólo podría negar que existan normas que tienen tal valor, quien negase que exista una verdad de la persona, una naturaleza inmutable del hombre, fundada en último término en la Sabiduría creadora que es la medida de toda realidad” (Juan Pablo II, Discurso al Congreso Internacional de Teología Moral, 10-IV-1986, n. 4).
La no aceptación práctica de esas normas o de esa enseñanza por parte de un elevado número de fieles, no puede aducirse para contradecir el Magisterio moral de la Iglesia (cfr. Ibid., n. 5).
Cabe, además, recordar que aunque las enseñanzas del Magisterio acerca de la fe y de las costumbres no sean propuestas como infalibles, se les debe prestar un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad (CIC, c. 752).
1.3.4 OTRAS FUENTES SUBSIDIARIAS
Puede hablarse también de otras fuentes, entre las que ocupa un lugar preeminente la razón natural, que puede y debe prestar gran servicio a la Teología Moral, destacando la maravillosa armonía entre las normas de la moral sobrenatural contenidas en la divina Revelación, y las que propugna el orden ético puramente natural.
La Iglesia enseña que la Revelación y la razón nunca pueden contradecirse y que la razón ha de prestar valiosa ayuda en la inteligencia de los misterios de la fe (cfr. Catecismo nn. 156-159; 153.155).
En este quehacer racional destacan los filósofos paganos (Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, etc.) que, careciendo de las luces de la fe, construyeron admirables sistemas ‚ticos que apenas necesitan otra reforma que su traslado y elevación al orden sobrenatural.
1.4 FALSAS CONCEPCIONES SOBRE LA MORAL
Buscando la concepción recta de la ciencia moral, resulta útil señalar desviaciones indicadoras de excesos en sentidos diversos. Sería un error pensar, por ejemplo, que el mensaje que Cristo nos trajo es el cambio de sentido de la moralidad, haciéndonos pasar del legalismo de la Ley Antigua a la disposición interior que es lo importante en la época evangélica. La moralidad no estaría, por tanto, en un orden moral objetivo, sino en la interior disposición del hombre ante Dios. De esta concepción errónea surgen tanto en el orden especulativo como en el práctico las corrientes conocidas como moral de actitudes, moral de situación, la `nueva moral", etc.
1.4.1 MORAL DE ACTITUDES
Esta desviación señala que “lo importante es la actitud que habitualmente el hombre mantiene ante Dios, y no sus actos aislados”.
Para los autores que la postulan, lo realmente necesario es que el hombre adopte una opción fundamental de compromiso de fe y de amor por Dios. “Los actos singulares no tienen relevancia, y no hay ya distinción entre pecado mortal y pecado venial. El cristianismo no es una moral, sino una doctrina de salvación”. Por tanto, “si la opción fundamental es por Cristo, no se ha de dar importancia a las obras concretas que se realicen”.
Es verdad que Dios quiere ante todo la opción por El, la intención recta, pero quiere además las buenas obras (cfr. Sant. 3, 17-18).
El error base de esta doctrina es olvidar que la libertad del hombre es la libertad limitada de una criatura herida por el pecado original y que, además, se encuentra inmersa en el tiempo y en el espacio. Por eso, realmente no se decide por Dios en un sólo acto y opción como los ángeles, sino a lo largo de toda la vida, con muchos actos que van enderezando su voluntad hacia el Señor, de manera que su decisión de amarlo y de servirlo debe ser mantenida mediante una continua fidelidad. Es, por tanto, posible, que el hombre cometa pecados mortales no sólo porque directamente se opone a Dios, sino también por debilidad.
S.S. Juan Pablo II desautoriza expresamente este planteamiento cuando aclara: se deber evitar reducir el pecado mortal a un acto de opción fundamental como hoy se suele decir contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado (Exh. Ap. Reconciliación y Penitencia, 2-XII-84, n. 17).
1.4.2 MORAL DE SITUACIÓN
“La bondad o malicia de la acción no viene dada por una ley universal e inmutable, sino que se determina por la situación en que el individuo se halle”. Del estado anímico o circunstancial se quiere hacer depender la moralidad de la acción.
Se cae en este error con expresiones como `para ti, ahora, esto no es pecado", siendo aquello que se pretende justificar un precepto inmutable de la ley de Dios que no admite dispensa en ninguna circunstancia.
Contra esta desviación, la doctrina católica enseña desde siempre que la primera razón de la moralidad viene dada por la acción misma; que hay acciones intrínsecamente graves e ilícitas, al margen de situaciones límite de cualquier tipo. Aún más, puede haber circunstancias en las que el hombre tenga obligación de sacrificarlo todo, incluso la propia vida, por salvar el alma.
Recordando la enseñanza del Concilio de Trento (ses. VI, cap. XV) el Papa Juan Pablo II sale al paso de este error: existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave (Id., n. 18).
Así, siendo consecuentes con esta clara doctrina, diremos que nunca es lícito abortar, perjurar, blasfemar, etc., sean cuales fueren las circunstancias alrededor del individuo.
1.4.3 LA NUEVA MORAL
Algunos autores consideran que la moral tiene como fin “la realización del hombre” y parecen olvidar o no tener en cuenta que tal realización sólo es posible en la plena y libre identificación de su voluntad, por amor, con la Voluntad divina. Para ellos el hombre sólo existiría en su desarrollo histórico, esto es, en evolución continua. Por eso niegan la ley natural -es decir, objetiva-, a la que califican de moral cerrada, y le contraponen una moral abierta que depende de la psicología, la sociología, la biología, etc. Por consiguiente, esta nueva moral ha de fabricar sus normas concretas según las circunstancias de lugar y de tiempo: si un precepto impide, en un caso concreto, la felicidad del hombre, y su incumplimiento no produce daño a nadie, prescindir de esa norma no sólo no ser pecado, sino un acto virtuoso. Esto sucedería, p. ej., con algunos pecados contra el sexto y noveno mandamientos; en concreto, es ésta la argumentación que aducen los defensores de la homosexualidad.
Este tipo de planteamientos niegan en su raíz la naturaleza humana, pues no son capaces de encontrarle una esencia inmutable, creada por Dios con características propias desde el primer hombre hasta el último. Por eso afirman que la ley natural es variable, porque la naturaleza del hombre es histórica y, en consecuencia, mudable.
Al error anterior se añade otro: la consideración de las normas morales como obstáculos que impiden al hombre el ejercicio de la libertad, cuando en realidad sucede lo contrario: esas normas son los medios que el Creador ha dado para que fácilmente y sin error alcance el hombre el fin para el que fue creado, y por eso son una manifestación más del inmenso amor de Dios.
1.4.4 MORAL CONSECUENCIALISTA
Es una postura moral que afirma que: “la bondad o maldad de los actos depende de las consecuencias que de ellos se sigan”. En esta concepción del obrar ‚tico no se asigna valor a la acción en sí misma, sino a sus resultados. Si la derivación final de una o muchas acciones ilícitas es buena, tal bondad final justifica, para los consecuencialistas, toda la posible ilicitud anterior. La moral consecuencialista no considera la realidad de actos intrínsecamente malos, es decir, aquellos que por sí y en sí, independientemente de sus efectos posteriores, son contrarios al desarrollo en plenitud de la naturaleza humana. En definitiva, defiende el falso principio de que “el fin justifica los medios”. Esta postura se ha dado en llamar “moral o ética del mercado”, ya que sus principales planteamientos se centran en lograr los mayores beneficios en la economía del mercado. Por ejemplo, si una publicidad inmoral alcanza enormes niveles de incidencia en el público consumidor, no habría nada que objetarle, ya que los beneficios que reporta son óptimos.
Veamos las razones por las cuales es inaceptable el consecuencialismo ético.
PRIMERA: El hombre ha de saber que actúa bien o mal al comienzo de su acción, y no al final, cuando ésta ya fue realizada y es irremediable. Las consecuencias se dan al término de la acción y, en el mejor de los casos, podemos saber a posteriori, a partir de ellas, si la acción fue buena o no. Pero este conocimiento se da cuando menos interesa saberlo: ser útil sólo como experiencia para una actuación futura, pero no para el momento en que se emite el juicio.
SEGUNDA: La bondad o maldad de una acción basada sólo en sus futuras consecuencias no puede constituirse en criterio de moralidad ya que en toda acción voluntaria y libre las consecuencias no ocurren infaliblemente: se suponen como meras hipótesis que pueden darse o no. Una ciencia de la moral no puede sustentarse en solas posibilidades.
TERCERA: Las consecuencias que resultan de una acción estén necesariamente integradas dentro de la totalidad de ocurrencias del universo entero. Una consecuencia ser a su vez causa de una nueva consecuencia, y ésta a su vez de otra, y así sucesivamente. El hombre cargaría sobre sí la responsabilidad de todo el universo; no sólo de su ámbito económico y político, sino del universo entero, lo cual no puede hacer válidamente, ya que no es Dios. Para que el hombre se aventurase a cargar con tal peso requeriría al menos dos condiciones: que el número de consecuencias fuese finito, y que todas las consecuencias fuesen conocidas. Cualquier hombre sabe que ello es imposible, y que quien lo ha intentado se ha visto conducido al fracaso, p. ej., en la pretendida ilusión de gobernar todo a base de un totalitarismo centralista.
1.1 Definición de Teología Moral.
1.2 La Moral como ciencia de la felicidad.
1.3 Fuentes de Teología Moral.
1.3.1 La Sagrada Escritura.
1.3.2 La Tradición Cristiana.
1.3.3 El Magisterio de la Iglesia.
1.3.4 Otras fuentes subsidiarias.
1.4 Falsas concepciones sobre la Moral.
1.4.1 Moral de actitudes.
1.4.2 Moral de situación.
1.4.3 La “Nueva Moral”.
1.4.4 Moral consecuencialista.
1.1 DEFINICIÓN DE TEOLOGÍA MORAL
La Teología Moral o simplemente Moral, es aquella parte de la Teología que estudia los actos humanos, considerándolos en orden a su fin sobrenatural.
La Teología Moral ayuda al hombre a guiar sus actos y es, por tanto, una ciencia eminentemente práctica. En su vida terrena, que es un caminar hacia el cielo, el hombre necesita de esa orientación, con el fin de que su conducta se adecue a una norma objetiva que le indique lo que debe hacer y lo que debe evitar para alcanzar el fin al que ha sido destinado.
Analizando la definición de Teología Moral, encontramos los siguientes elementos:
a) Es parte de la Teología porque, como explica Santo Tomás de Aquino (cfr. S.Th., I, q. 2, prol.), se ocupa del movimiento de la criatura racional hacia Dios, siendo precisamente la Teología la ciencia que se dedica al estudio y conocimiento de Dios.
b) Que trata de los actos humanos, es decir, de aquellos actos que el hombre ejecuta con conocimiento y con libre voluntad y, por tanto, son los únicos a los que puede darse una valoración moral. De esta manera se excluyen otro tipo de actos:
- Los que, aunque hechos por el hombre, son puramente naturales y en los que no se da control voluntario alguno: p. ej., la digestión o la respiración.
- Los que se realizan sin pleno conocimiento: p. ej., aquellos realizados por un demente, o la omisión de algo por un olvido inculpable.
- Los que se realizan sin plena voluntad: p. ej., una acción realizada bajo el influjo de una violencia irresistible.
c) En orden al fin sobrenatural. Esos actos humanos no son considerados en su mera esencia o constitutivo interno (lo que es propio de la psicología), ni en orden a una moralidad puramente humana o natural (lo que corresponde a la ética o filosofía moral), sino en orden a su moralidad sobrenatural: es decir, en cuanto acercan o alejan al hombre de la consecución del fin sobrenatural eterno.
De acuerdo con esto, podemos encontrar en la Moral cuatro elementos, que de alguna manera la constituyen:
1) El fundamento en que descansa, es decir, el motivo en el cual se apoya para prohibir o prescribir las acciones humanas. Se trata de un fundamento inmutable: la Voluntad santa de Dios, guiada por su Sabiduría.
2) El fin que se propone con un mandato o con una prohibición: encaminar al hombre a la posesión eterna del bien infinito.
3) La obligación que impone, que es el vínculo moral que liga a la voluntad estrictamente, para que actúe conforme al mandato divino.
4) La sanción con que remunera: el premio eterno que merece quien cumple la Voluntad de Dios, o el castigo también eterno a que se hace acreedor quien la quebranta.
1.2 LA MORAL COMO CIENCIA DE LA FELICIDAD
La Teología Moral se presenta como la ciencia de la felicidad porque muestra los caminos que a ella conducen. Los preceptos que enseña tienen sentido precisamente por la promesa de la bienaventuranza eterna que Dios ha hecho a quienes los cumplen.
Todos los razonamientos sobre la conducta no son sino una respuesta a la pregunta sobre la felicidad del hombre: El hombre no tiene otra razón para filosofar m s que su deseo de ser feliz, escribió San Agustín en la Ciudad de Dios (1. XIX, c. 1).
Felicidad terrena y orientación al fin último son cuestiones paralelas: quien se encuentra orientado en la dirección correcta va teniendo ya aquí iniciada la felicidad que poseer luego en plenitud: La felicidad en el cielo es para los que saben ser felices en la tierra (J. Escrivá de B., Forja, 1005).
Y ya que el conocimiento y la práctica de las normas morales resulta la más importante realidad en la vida del hombre, no se limitó Dios a imprimir en la naturaleza humana esa ley moral, sino que además la ha revelado explícitamente para que sea conocida por todos, de modo fácil, con firme certeza, y sin mezcla de error alguno (Catecismo, n. 38).
A los auxilios extrínsecos de la Revelación, Dios añade la ayuda de la gracia divina luz en la inteligencia y fuerza en la voluntad para la mejor comprensión y ejercicio de la vida moral.
Esta múltiple acción divina deja ver que la ciencia de la moral ha de ser rectora de todos los actos humanos, para que estén siempre conformes con su fin sobrenatural eterno.
De lo anterior se deduce la importancia y la necesidad de conocer, del modo m s completo y perfecto posible, los postulados, desarrollos y conclusiones de la ciencia moral.
1.3 FUENTES DE TEOLOGÍA MORAL
Las fuentes de la moral son todas las realidades en las que se basa esta ciencia, y de las que obtiene su fundamento. Tal fundamento es, como dijimos, la Inteligencia y la Voluntad divinas, manifestadas en:
1.3.1 LA SAGRADA ESCRITURA
Que por ser la misma Palabra de Dios, es la primera y principal fuente de la moral cristiana.
Como dice San Agustín (In Ps. 90; PL 37, 1159), la Sagrada Escritura no es otra cosa que una serie de cartas enviadas por Dios a los hombres para exhortarnos a vivir sanamente.
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios estableció prescripciones de orden moral, para que el hombre conociera con certeza y sin error las normas de su conducta.
No conviene olvidar, sin embargo, que muchos preceptos del Antiguo Testamento, meramente ceremoniales y jurídicos, fueron abrogados en el Nuevo Testamento, permaneciendo, en cambio, los preceptos morales que tienen su fundamento en la misma naturaleza humana.
Incluso en el Nuevo Testamento hay también algunas prescripciones que tuvieron una finalidad puramente circunstancial y temporal, y que no obligan ya: p. ej., la abstención de comer carne de animales ahogados (cfr. Hechos 15, 29).
De lo anterior se sigue que la recta interpretación de la Sagrada Escritura no ha de dejarse como quieren los protestantes a la libre subjetividad de cada uno, sino que exige el concurso de las demás fuentes, de modo especial del juicio infalible del Magisterio de la Iglesia.
1.3.2 LA TRADICIÓN CRISTIANA
Fuente complementaria de la Sagrada Escritura. Como es sabido, no todas las verdades reveladas por Dios están contenidas en la Biblia. Muchas de ellas fueron reveladas oralmente por el mismo Cristo o por medio de los Apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, y han llegado hasta nosotros transmitidas por la Tradición.
La Tradición se manifiesta de modos distintos, y es infalible sólo cuando est reconocida y sancionada por el Magisterio de la Iglesia. Los principales cauces a través de los cuales nos llega la Tradición son:
Los Santos Padres: conjunto de escritores de los primeros siglos de la Iglesia, que por su antigüedad, su doctrina, la santidad de la vida y la aprobación de la Iglesia merecen ser considerados como auténticos testigos de la Revelación de Cristo.
En materia de fe y costumbres, no es lícito rechazar la enseñanza moralmente unánime de los Padres sobre una verdad.
Entre ellos destacan los llamados cuatro Padres orientales: S. Atanasio, S. Basilio, S. Gregorio Nacianzeno y S. Juan Crisóstomo; y los cuatro Padres latinos: S. Ambrosio, S. Jerónimo, S. Agustín y S. Gregorio Magno.
Los Teólogos: autores posteriores a la época patrística que se dedican al estudio científico y sistemático de las verdades relacionadas con la fe y las costumbres. Sobre todos ellos destaca Santo Tomás de Aquino (1225-1274), declarado Doctor común y universal, y cuya doctrina la Iglesia ha hecho propia, prescribiéndola como base para la enseñanza de la filosofía y de la teología (cfr. Dz. 2191-2192).
La misma vida de la Iglesia, desde sus inicios, a través de la liturgia y del sentir del pueblo cristiano.
1.3.3 EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
Que por expresa disposición de Cristo custodia e interpreta legítimamente la Revelación divina, y tiene plena autoridad para imponer leyes a los hombres, con la misma fuerza que si vinieran directamente de Dios.
Esta autoridad la tiene no sólo en el orden privado e individual, sino también en el público y social, interpretando el derecho natural y el derecho divino positivo, y dando su juicio definitivo e infalible en materia de fe y costumbres. Recientemente lo ha recordado el episcopado latinoamericano, cuando dice que en el Magisterio de la Iglesia encontramos la instancia de decisión y de interpretación auténtica y fiel de la doctrina de fe y de la ley moral (III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Puebla, n. 374).
La infalibilidad del Magisterio eclesiástico no se da sólo en cuestión de fe, sino también en cuestiones de moral y, dentro de ésta, no exclusivamente en los principios generales, sino que llega hasta las normas particulares y concretas.
Aclaramos lo anterior ante el error de quienes afirman que las normas concretas de la ley moral natural no pueden ser enseñadas infaliblemente por el Magisterio de la Iglesia y, por tanto, es posible disentir de sus enseñanzas cuando hay motivos justos.
Sostienen estos autores que el Magisterio sólo puede enseñar de modo infalible las normas morales reveladas por Dios explícitamente como de valor permanente, o las derivadas inmediatamente de ellas.
El Concilio Vaticano II enseña, por el contrario, que el objeto posible de la enseñanza infalible de la Iglesia no es sólo lo que se contiene en la Revelación explícita o implícitamente, sino también todo lo necesario para custodiar y exponer fielmente el depósito revelado. Así fue explicado oficialmente por la Comisión Teológica del Concilio en relación al n. 25 de la Const. Lumen gentium (cfr. Acta Synodalia Sacr. Oecum. Conc. Vat. II, II, III, 1, p. 251. También la Decl. Mysterium Ecclesiae de la S. C. para la Doctrina de la Fe, del 24-VI-1973).
Es indudable que hay algunas normas morales concretas contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición como permanentes y universales (especialmente el Decálogo), que el Magisterio de la Iglesia puede enseñar de modo infalible (cfr. CIC, c. 749).
“Existen normas morales que tienen un preciso contenido, inmutable e incondicionado (...): por ejemplo, la norma que prohíbe la contracepción, o la que prohíbe la supresión directa de la vida de la persona inocente. Sólo podría negar que existan normas que tienen tal valor, quien negase que exista una verdad de la persona, una naturaleza inmutable del hombre, fundada en último término en la Sabiduría creadora que es la medida de toda realidad” (Juan Pablo II, Discurso al Congreso Internacional de Teología Moral, 10-IV-1986, n. 4).
La no aceptación práctica de esas normas o de esa enseñanza por parte de un elevado número de fieles, no puede aducirse para contradecir el Magisterio moral de la Iglesia (cfr. Ibid., n. 5).
Cabe, además, recordar que aunque las enseñanzas del Magisterio acerca de la fe y de las costumbres no sean propuestas como infalibles, se les debe prestar un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad (CIC, c. 752).
1.3.4 OTRAS FUENTES SUBSIDIARIAS
Puede hablarse también de otras fuentes, entre las que ocupa un lugar preeminente la razón natural, que puede y debe prestar gran servicio a la Teología Moral, destacando la maravillosa armonía entre las normas de la moral sobrenatural contenidas en la divina Revelación, y las que propugna el orden ético puramente natural.
La Iglesia enseña que la Revelación y la razón nunca pueden contradecirse y que la razón ha de prestar valiosa ayuda en la inteligencia de los misterios de la fe (cfr. Catecismo nn. 156-159; 153.155).
En este quehacer racional destacan los filósofos paganos (Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, etc.) que, careciendo de las luces de la fe, construyeron admirables sistemas ‚ticos que apenas necesitan otra reforma que su traslado y elevación al orden sobrenatural.
1.4 FALSAS CONCEPCIONES SOBRE LA MORAL
Buscando la concepción recta de la ciencia moral, resulta útil señalar desviaciones indicadoras de excesos en sentidos diversos. Sería un error pensar, por ejemplo, que el mensaje que Cristo nos trajo es el cambio de sentido de la moralidad, haciéndonos pasar del legalismo de la Ley Antigua a la disposición interior que es lo importante en la época evangélica. La moralidad no estaría, por tanto, en un orden moral objetivo, sino en la interior disposición del hombre ante Dios. De esta concepción errónea surgen tanto en el orden especulativo como en el práctico las corrientes conocidas como moral de actitudes, moral de situación, la `nueva moral", etc.
1.4.1 MORAL DE ACTITUDES
Esta desviación señala que “lo importante es la actitud que habitualmente el hombre mantiene ante Dios, y no sus actos aislados”.
Para los autores que la postulan, lo realmente necesario es que el hombre adopte una opción fundamental de compromiso de fe y de amor por Dios. “Los actos singulares no tienen relevancia, y no hay ya distinción entre pecado mortal y pecado venial. El cristianismo no es una moral, sino una doctrina de salvación”. Por tanto, “si la opción fundamental es por Cristo, no se ha de dar importancia a las obras concretas que se realicen”.
Es verdad que Dios quiere ante todo la opción por El, la intención recta, pero quiere además las buenas obras (cfr. Sant. 3, 17-18).
El error base de esta doctrina es olvidar que la libertad del hombre es la libertad limitada de una criatura herida por el pecado original y que, además, se encuentra inmersa en el tiempo y en el espacio. Por eso, realmente no se decide por Dios en un sólo acto y opción como los ángeles, sino a lo largo de toda la vida, con muchos actos que van enderezando su voluntad hacia el Señor, de manera que su decisión de amarlo y de servirlo debe ser mantenida mediante una continua fidelidad. Es, por tanto, posible, que el hombre cometa pecados mortales no sólo porque directamente se opone a Dios, sino también por debilidad.
S.S. Juan Pablo II desautoriza expresamente este planteamiento cuando aclara: se deber evitar reducir el pecado mortal a un acto de opción fundamental como hoy se suele decir contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado (Exh. Ap. Reconciliación y Penitencia, 2-XII-84, n. 17).
1.4.2 MORAL DE SITUACIÓN
“La bondad o malicia de la acción no viene dada por una ley universal e inmutable, sino que se determina por la situación en que el individuo se halle”. Del estado anímico o circunstancial se quiere hacer depender la moralidad de la acción.
Se cae en este error con expresiones como `para ti, ahora, esto no es pecado", siendo aquello que se pretende justificar un precepto inmutable de la ley de Dios que no admite dispensa en ninguna circunstancia.
Contra esta desviación, la doctrina católica enseña desde siempre que la primera razón de la moralidad viene dada por la acción misma; que hay acciones intrínsecamente graves e ilícitas, al margen de situaciones límite de cualquier tipo. Aún más, puede haber circunstancias en las que el hombre tenga obligación de sacrificarlo todo, incluso la propia vida, por salvar el alma.
Recordando la enseñanza del Concilio de Trento (ses. VI, cap. XV) el Papa Juan Pablo II sale al paso de este error: existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave (Id., n. 18).
Así, siendo consecuentes con esta clara doctrina, diremos que nunca es lícito abortar, perjurar, blasfemar, etc., sean cuales fueren las circunstancias alrededor del individuo.
1.4.3 LA NUEVA MORAL
Algunos autores consideran que la moral tiene como fin “la realización del hombre” y parecen olvidar o no tener en cuenta que tal realización sólo es posible en la plena y libre identificación de su voluntad, por amor, con la Voluntad divina. Para ellos el hombre sólo existiría en su desarrollo histórico, esto es, en evolución continua. Por eso niegan la ley natural -es decir, objetiva-, a la que califican de moral cerrada, y le contraponen una moral abierta que depende de la psicología, la sociología, la biología, etc. Por consiguiente, esta nueva moral ha de fabricar sus normas concretas según las circunstancias de lugar y de tiempo: si un precepto impide, en un caso concreto, la felicidad del hombre, y su incumplimiento no produce daño a nadie, prescindir de esa norma no sólo no ser pecado, sino un acto virtuoso. Esto sucedería, p. ej., con algunos pecados contra el sexto y noveno mandamientos; en concreto, es ésta la argumentación que aducen los defensores de la homosexualidad.
Este tipo de planteamientos niegan en su raíz la naturaleza humana, pues no son capaces de encontrarle una esencia inmutable, creada por Dios con características propias desde el primer hombre hasta el último. Por eso afirman que la ley natural es variable, porque la naturaleza del hombre es histórica y, en consecuencia, mudable.
Al error anterior se añade otro: la consideración de las normas morales como obstáculos que impiden al hombre el ejercicio de la libertad, cuando en realidad sucede lo contrario: esas normas son los medios que el Creador ha dado para que fácilmente y sin error alcance el hombre el fin para el que fue creado, y por eso son una manifestación más del inmenso amor de Dios.
1.4.4 MORAL CONSECUENCIALISTA
Es una postura moral que afirma que: “la bondad o maldad de los actos depende de las consecuencias que de ellos se sigan”. En esta concepción del obrar ‚tico no se asigna valor a la acción en sí misma, sino a sus resultados. Si la derivación final de una o muchas acciones ilícitas es buena, tal bondad final justifica, para los consecuencialistas, toda la posible ilicitud anterior. La moral consecuencialista no considera la realidad de actos intrínsecamente malos, es decir, aquellos que por sí y en sí, independientemente de sus efectos posteriores, son contrarios al desarrollo en plenitud de la naturaleza humana. En definitiva, defiende el falso principio de que “el fin justifica los medios”. Esta postura se ha dado en llamar “moral o ética del mercado”, ya que sus principales planteamientos se centran en lograr los mayores beneficios en la economía del mercado. Por ejemplo, si una publicidad inmoral alcanza enormes niveles de incidencia en el público consumidor, no habría nada que objetarle, ya que los beneficios que reporta son óptimos.
Veamos las razones por las cuales es inaceptable el consecuencialismo ético.
PRIMERA: El hombre ha de saber que actúa bien o mal al comienzo de su acción, y no al final, cuando ésta ya fue realizada y es irremediable. Las consecuencias se dan al término de la acción y, en el mejor de los casos, podemos saber a posteriori, a partir de ellas, si la acción fue buena o no. Pero este conocimiento se da cuando menos interesa saberlo: ser útil sólo como experiencia para una actuación futura, pero no para el momento en que se emite el juicio.
SEGUNDA: La bondad o maldad de una acción basada sólo en sus futuras consecuencias no puede constituirse en criterio de moralidad ya que en toda acción voluntaria y libre las consecuencias no ocurren infaliblemente: se suponen como meras hipótesis que pueden darse o no. Una ciencia de la moral no puede sustentarse en solas posibilidades.
TERCERA: Las consecuencias que resultan de una acción estén necesariamente integradas dentro de la totalidad de ocurrencias del universo entero. Una consecuencia ser a su vez causa de una nueva consecuencia, y ésta a su vez de otra, y así sucesivamente. El hombre cargaría sobre sí la responsabilidad de todo el universo; no sólo de su ámbito económico y político, sino del universo entero, lo cual no puede hacer válidamente, ya que no es Dios. Para que el hombre se aventurase a cargar con tal peso requeriría al menos dos condiciones: que el número de consecuencias fuese finito, y que todas las consecuencias fuesen conocidas. Cualquier hombre sabe que ello es imposible, y que quien lo ha intentado se ha visto conducido al fracaso, p. ej., en la pretendida ilusión de gobernar todo a base de un totalitarismo centralista.
PROGRAMA DE LA ASIGNATURA
PROGRAMA DE ASIGNATURA
I. ANTECEDENTES GENERALES
CARRERA: TODAS LAS CARRERAS DE EDUCACIÓN
ASIGNATURA: EDUCACIÓN MORAL
CÓDIGO: EBA-023
PRERREQUISITOS: TEOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN
RÉGIMEN: SEMESTRAL
CARÁCTER: OBLIGATORIO
NIVEL: SEGÚN CARRERA
DURACIÓN: 72 HORAS TEÓRICAS
CRÉDITOS: 08
FECHA: MAYO 2005
II. DESCRIPCIÓN DE LA ASIGNATURA
Educación Moral es una asignatura teórica, perteneciente al área común de la formación fundamental para todas las carreras de educación, que proporciona a los alumnos nociones acerca de cómo educar en el ámbito moral. Ella prepara a los futuros educadores para abordar, con fundamentos teóricos, el desarrollo práctico de estrategias de formación valórica, de aplicación de objetivos transversales y de educación ciudadana.
Esta asignatura es parte de la línea valórica tomista propia de la Escuela y completa los conocimientos adquiridos en Filosofía y Teología de la Educación, aplicándolos al ejercicio práctico de la formación moral de niños y jóvenes.
III. OBJETIVOS
GENERALES:
• Adquirir una visión más detallada del proceso de educación moral, acorde con los principios filosóficos, teológicos y pedagógicos de Santo Tomás de Aquino;
• Disponer de conceptos y criterios adecuados para valorar críticamente diversas metodologías prácticas de formación moral;
• Determinar los elementos básicos para un trabajo sistemático en estrategias y proyectos de educación valórica transversal.
ESPECÍFICOS:
• Valorar críticamente los principales métodos y estrategias usados en educación moral;
• Distinguir los elementos esenciales de una educación moral integral; relacionándolos entre sí
• Aplicar los requisitos necesarios para formular un proyecto de formación moral.
IV. UNIDADES TEMÁTICAS
UNIDAD I: INTRODUCCIÓN (06 HORAS)
UNIDAD II: ENFOQUES Y MÉTODOS PARCIALES EN EDUCACIÓN MORAL (14 HORAS)
UNIDAD III: ELEMENTOS PARA UNA EDUCACIÓN MORAL INTEGRAL (16 HORAS)
UNIDAD IV: FORMULACIÓN DE UN PROYECTO DE FORMACIÓN MORAL (22 HORAS)
UNIDAD V: ESTRATEGIAS DE EDUCACIÓN MORAL (14 HORAS)
DESGLOSE DE UNIDADES
UNIDAD I: INTRODUCCIÓN
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
• Conceptualizar la definición de educación moral
• Valorar la importancia de la educación moral
Contenidos:
• Importancia del tema hoy
• Aspectos en común y diferencias entre las diversas denominaciones del tema:
- educación moral o educación ética
- formación valórica
- formación transversal
- educación ciudadana, formación cívica
- espiritualidad, ascetismo, vida interior
• Definición de “educación moral”:
- “conducción y promoción de los hijos hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, esto es, el estado de virtud”, en cuanto a las virtudes morales
- educación moral natural y educación moral sobrenatural
• Educación moral y educación intelectual: distinciones y relaciones
• Relevancia de la educación moral para la educación integral, en todos sus aspectos:
- en cuanto al sujeto (la “prole”): cada persona necesitada de desarrollo humano
- en cuanto a la finalidad (el “estado perfecto”): la madurez humana integral y la felicidad
- en cuanto al contenido (el “estado de virtud”): el crecimiento en virtudes
- en cuanto a la acción (la “conducción y promoción”): la ayuda de los educadores
UNIDAD II: ENFOQUES Y MÉTODOS PARCIALES EN EDUCACIÓN MORAL
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Identificar los principales métodos parciales usados en educación moral
- Relacionar cada método con sus presupuestos y fundamentos
- Enjuiciar críticamente los aportes y los límites de cada método
Contenidos:
• Las narraciones:
- la formación moral tradicional en torno a una gran narración propia de cada cultura: mitos, Ilíada, Torá, Corán, Vedas, Biblia y otros ejemplos
- la formación en artes liberales con los “grandes libros”
- la función moral de los mitos, las tragedias, las parábolas y otras formas literarias
- las fábulas, cuentos y moralejas en la educación de los niños
- la renovación actual: W. Bennett y el “Libro de las Virtudes”
- el renacer de los mitos morales: J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis, entre otros
- ideal educativo de este método: “formar en una tradición moral”
- supuestos: modelos, valores compartidos, identificación con el protagonista, moral encarnada
- aportes: motivación, orientación, integración comunitaria, educación integral, aplicabilidad
- límites: contexto cultural, aceptación acrítica, fundamentación implícita y pre-filosófica
• El análisis de dilemas:
- origen y desarrollo del método: Kohlberg y sucesores
- primer supuesto: el desarrollo moral depende del juicio moral (Kant)
- segundo supuesto: el juicio moral se desarrolla por estadios sucesivos (Piaget, Kohlberg)
- tercer supuesto: el criterio de avance moral es sólo la autonomía de juicio (Ilustración)
- técnica: debates sobre dilemas, como estímulo al desarrollo del juicio moral
- ideal educativo de este método: “formar el juicio moral autónomo”
- aportes: atención a la edad, valoración del juicio moral, uso de la reflexión grupal (debate)
- límites: cognitivismo (1er supuesto), evolutivismo (2º supuesto), individualismo relativista (3er sup.)
- autocrítica de Kohlberg, resultados empíricos del método
• La disciplina:
- el modelo de educación militar, de Esparta en adelante
- la obediencia a códigos éticos
- ejercicios para la formación de la voluntad
- el temor al castigo como recurso pedagógico
- primer supuesto: la norma como criterio de moralidad (estoicos, de Okham a Kant)
- segundo supuesto: el cumplimiento del deber como motivo moral (Kant y otras versiones)
- tercer supuesto: maldad humana radical (Lutero, puritanismo, jansenismo)
- ideal educativo de este método: “formar en el deber”
- aportes: efectividad conductual y social, orientación clara, desarrollo de la voluntad, superación del individualismo, objetividad evaluativa
- límites: legalismo (1er supuesto), voluntarismo (2º supuesto), énfasis negativo (3er supuesto); conductismo moral, uniformismo
- fracasos y reapariciones del método
• La clarificación de valores:
- el nuevo lenguaje de los “valores morales”: de los años 60 en adelante
- origen del método: Raths y sucesores
- los pasos en el proceso de selección del valor, según Raths
- primera técnica: la respuesta clarificativa (entrevista)
- segunda técnica: la hoja de valores (cuestionario)
- primer supuesto: el desarrollo moral depende de la adhesión a un valor (Scheler)
- segundo supuesto: la adhesión a un valor se desarrolla por una introspección guiada (Freud)
- tercer supuesto: el criterio de avance moral es la espontaneidad del individuo (Rogers)
- ideal educativo de este método: “formar en valores personales”
- aportes: valoración de la subjetividad, de la afectividad y de la consecuencia personal
- límites: emotivismo (1er supuesto), psicoterapia (2º supuesto), individualismo relativista (3er sup.)
- resultados empíricos del método, consecuencias actuales de sus presupuestos
UNIDAD III: ELEMENTOS PARA UNA EDUCACIÓN MORAL INTEGRAL
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Distinguir los elementos esenciales en educación moral
- Relacionar los elementos de la educación moral entre sí
- Valorar el aporte específico de cada uno de los elementos de la educación moral
Contenidos:
- El punto de partida para la formación moral:
- detectar las predisposiciones positivas de las personas hacia el bien y la virtud
- de acuerdo a las condiciones específicas de edad, temperamento, cultura, familia, lugar
- considerar los presupuestos pre-morales que haya que reforzar.
- Los medios principales de educación moral:
- inducir la realización práctica de actos buenos por parte de las mismas personas en formación
- de manera reiterada, variada y progresiva
- promover la apertura a la gracia
- El refuerzo y la motivación:
- motivación ideal: actuar por convicción en el bien
- uso legítimo del refuerzo positivo (premio): secundario, según edad, decreciente
- necesidad de establecer reglas del juego, impuestas, propuestas o acordadas, según edad
- valor formativo del temor al castigo: ultimo recurso vicario, como camino hacia la convicción
- el refuerzo sobrenatural y la motivación religiosa en la formación moral
- El ambiente formativo:
- el “ethos” o conjunto de valores reales de un grupo humano
- emulación de los modelos de vida, reales o ficticios
- el influjo formativo de los símbolos, las tradiciones y los ritos
- aportes y límites de las campañas de sensibilización valórica
- el valor formativo del contacto directo con otros ambientes y grupos humanos
- El aporte de la reflexión ética para la educación moral:
- papel imprescindible del juicio moral práctico -aunque sea implícito- en cada acto concreto
- formación de la conciencia moral y de la “prudencia”, para la toma de buenas decisiones
- la reflexión ética compartida, antes y después de la acción moral concreta
- el análisis y valoración moral explícitos de los hechos de la vida real
- el papel específico de los cursos de ética
- las referencias valóricas transversales en las demás materias y disciplinas del currículo
- el complemento de las narraciones, debates, juegos de roles, análisis de casos y otras dinámicas
- El papel específico de los educadores morales:
- en relación a cada uno de los elementos anteriores
- el influjo y la responsabilidad insustituibles de la familia
- los grupos de pares y otras asociaciones con influencias formativas
- la tarea formativa de la Iglesia, las agrupaciones religiosas, los guías espirituales
- la creciente incidencia de los medios de comunicación
- el aporte específico de los profesores y de la institución escolar
- la coordinación de éstos con los demás educadores y factores en la formación moral de los niños
- Evaluación de la educación moral:
- imposibilidad de la evaluación moral en sentido estricto
- imposibilidad de la evaluación de los efectos a largo plazo en educación moral
- criterios de evaluación externa del progreso en la virtud: habitualidad, prontitud, facilidad, alegría
- criterios de evaluación interna del progreso en la virtud: convicción, rectitud de intención, satisfacción espiritual, connaturalizad
- sentido y límites de la medición y cuantificación en evaluación moral
- importancia de la experiencia, el conocimiento de las personas y la ayuda espiritual en la evaluación del progreso moral
- medios de evaluación externa: observación intencionada, registro anecdótico, registros de control...
- medios de evaluación interna: examen de conciencia, escalas de apreciación, cuestionarios, inventarios, entrevistas, focus group…
- la evaluación de las actividades de formación moral
- conclusión: sentido, valor y peligros de la evaluación en educación moral
UNIDAD IV: FORMULACIÓN DE UN PROYECTO DE FORMACIÓN MORAL
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Formular un proyecto de formación moral, basado en los elementos o requerimientos de este tipo de formación
Contenidos:
- Pasos prácticos en la formulación y aplicación de un proyecto de formación moral:
- constitución y motivación del equipo de educadores
- incorporación de la familia en el proyecto, y eventualmente de otros educadores relevantes
- definición del nivel de participación de los educandos en la formulación del proyecto
- elaboración del proyecto: diagnóstico, objetivo, plan de actividades, evaluación
- idealmente: validación del proyecto en una experiencia piloto
- presentación y motivación inicial del proyecto a los educandos
- realización de las actividades programadas
- evaluaciones periódicas y eventuales ajustes al proyecto
- cierre del proyecto, evaluación final
- Diagnóstico y análisis inicial:
- definición del grupo humano concreto con el que se trabajará
- fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas de ese grupo para la formación moral
- predisposiciones morales positivas de ese grupo humano, en común y de cada educando
- identificación de una actividad común relevante para el grupo humano (si la hay), que pueda servir de cauce para todo el trabajo formativo: selección deportiva, grupo musical, viaje de estudios, etc.
- Definición del objetivo formativo:
- focalización en una sola virtud moral principal para el plan de trabajo (y eventualmente otras secundarias)
- selección de la virtud a partir del Proyecto Educativo Institucional, Declaración de Principios u otro documento de referencia de la institución educativa; o bien de las necesidades o intereses del grupo
- atención a las diferencias singulares de los educandos concretos con respecto a la virtud elegida.
- definición operacional del objetivo seleccionado, según las características genéricas de toda virtud y las posibilidades reales del grupo
- identificación de los presupuestos pre-morales de esa virtud que se deben reforzar en el grupo
- determinación de los plazos y de las metas concretas a alcanzar
- Plan de actividades:
- selección de actividades cotidianas de los educandos, que puedan ejercitarlos en la virtud escogida
- definición de actividades especiales para que los educandos ejerciten la virtud escogida
- proposición de estímulos y premios para reforzar el avance formativo
- revisión de elementos del “ethos” institucional que se deben adecuar en función del objetivo
- evaluación y propósitos de los educadores, para mejorar su coherencia personal con la virtud que se pretende formar y su ejemplo hacia los educandos
- selección de algún personaje vivo, histórico o ficticio, que sirva de modelo atractivo y concreto de esa virtud para los educandos
- selección de alguna narración en la que se encarne formativamente la virtud escogida
- elección de un “marco motivador”, con símbolos (emblema, lema, himno), tradiciones, ritos, códigos de honor, etc., acorde con la edad y realidad de los educandos
- eventual integración de algún factor mediático significativo para los educandos
- previsión de hechos de la vida real a los que recurrir para reflexionar sobre la virtud
escogida
- definición de reflexiones valóricas transversales a incorporar en contenidos específicos del currículo
- selección de alguna dinámica útil para complementar el trabajo formativo
- distinción entre actividades para todo el grupo, para sub-grupos, individuales
- ordenamiento de las actividades y elementos formativos de acuerdo a una progresión
dosificada
- definición de fechas, recursos y encargados para cada actividad
- diseño de texto guía (bitácora, citas, narraciones, modelos, metas, auto-evaluaciones, etc.)
- Evaluación:
- definición de los momentos de evaluación del proyecto, del grupo y de cada educando
- selección de los medios e instrumentos de evaluación externa e interna
- previsión del valor y de la utilidad de los resultados de cada evaluación
UNIDAD V: ESTRATEGIAS DE EDUCACIÓN MORAL
Objetivos Terminales.
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Identificar algunas estrategias usadas en educación moral
- Valorar críticamente esas estrategias a la luz de los criterios estudiados.
Contenidos:
- Estrategias simples:
- vivencia natural e implícita en la comunidad escolar-social de todos los elementos formativos
- en torno a una actividad común: deporte y valores, voluntariados sociales, grupos de catequesis, misiones, grupos ecológicos, campamentos de verano, club de debates, grupos musicales, etc.
- Modelos complejos:
- escultismo y similares
- movimientos religiosos y otras agrupaciones espirituales de formación integral
- colegios de congregaciones o movimientos religiosos, o de otras instituciones de formación integral
- establecimientos educativos con proyectos educativos integrales
- Estrategias de formación en virtudes:
- Fomento de Centros de Enseñanza (Optimist…)
- Educando en las Virtudes (Grupo Educare)
- Hacer Familia y otras experiencias en Chile
- Formación del carácter en USA (The Character Education Partnership, Center for Respect and Responsibility, The Jefferson Center for Character Education…)
- Otras experiencias integrales en educación moral
V. METODOLOGÍA
- Aplicación del método syllabus.
- Exposición del profesor, complementada con ejemplos y ejercicios prácticos, en cada unidad.
- Elaboración de un proyecto concreto de educación moral, por parte de los alumnos.
- Visitas a terreno o presentación de experiencias relevantes en educación moral, con invitados o exposición de los alumnos.
VI. EVALUACION
- Primera Prueba Solemne 30%
- Segunda Prueba Solemne 30%
- Promedio de quiz 20%
- Trabajo 20%
- Examen final
La ponderación de las notas y el examen, las exigencias de asistencia y eximición para esta asignatura están establecidas en las disposiciones reglamentarias de evaluación, del período académico en curso.
VII BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
Gordillo, M.V. Desarrollo Moral y Educación. Eunsa, Pamplona 1992.
COMPLEMENTARIA
Isaacs, D. La Educación de las Virtudes Humanas y su Evaluación. (14ª ed.) Eunsa, Pamplona 2003
Magendzo, A., P. Donoso y M.T. Rodas, Los Objetivos Fundamentales Transversales en la Reforma Educativa Chilena. Santiago, Universitaria 1997
García Hoz, V. (editor). La Orientación en la Educación Institucionalizada; La Formación Ética. Tratado de Educación Personalizada 20. Madrid, Rialp 1994
Bennett, W. El Libro de las Virtudes. Javier Vergara Editor. Buenos Aires 1995
I. ANTECEDENTES GENERALES
CARRERA: TODAS LAS CARRERAS DE EDUCACIÓN
ASIGNATURA: EDUCACIÓN MORAL
CÓDIGO: EBA-023
PRERREQUISITOS: TEOLOGÍA DE LA EDUCACIÓN
RÉGIMEN: SEMESTRAL
CARÁCTER: OBLIGATORIO
NIVEL: SEGÚN CARRERA
DURACIÓN: 72 HORAS TEÓRICAS
CRÉDITOS: 08
FECHA: MAYO 2005
II. DESCRIPCIÓN DE LA ASIGNATURA
Educación Moral es una asignatura teórica, perteneciente al área común de la formación fundamental para todas las carreras de educación, que proporciona a los alumnos nociones acerca de cómo educar en el ámbito moral. Ella prepara a los futuros educadores para abordar, con fundamentos teóricos, el desarrollo práctico de estrategias de formación valórica, de aplicación de objetivos transversales y de educación ciudadana.
Esta asignatura es parte de la línea valórica tomista propia de la Escuela y completa los conocimientos adquiridos en Filosofía y Teología de la Educación, aplicándolos al ejercicio práctico de la formación moral de niños y jóvenes.
III. OBJETIVOS
GENERALES:
• Adquirir una visión más detallada del proceso de educación moral, acorde con los principios filosóficos, teológicos y pedagógicos de Santo Tomás de Aquino;
• Disponer de conceptos y criterios adecuados para valorar críticamente diversas metodologías prácticas de formación moral;
• Determinar los elementos básicos para un trabajo sistemático en estrategias y proyectos de educación valórica transversal.
ESPECÍFICOS:
• Valorar críticamente los principales métodos y estrategias usados en educación moral;
• Distinguir los elementos esenciales de una educación moral integral; relacionándolos entre sí
• Aplicar los requisitos necesarios para formular un proyecto de formación moral.
IV. UNIDADES TEMÁTICAS
UNIDAD I: INTRODUCCIÓN (06 HORAS)
UNIDAD II: ENFOQUES Y MÉTODOS PARCIALES EN EDUCACIÓN MORAL (14 HORAS)
UNIDAD III: ELEMENTOS PARA UNA EDUCACIÓN MORAL INTEGRAL (16 HORAS)
UNIDAD IV: FORMULACIÓN DE UN PROYECTO DE FORMACIÓN MORAL (22 HORAS)
UNIDAD V: ESTRATEGIAS DE EDUCACIÓN MORAL (14 HORAS)
DESGLOSE DE UNIDADES
UNIDAD I: INTRODUCCIÓN
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
• Conceptualizar la definición de educación moral
• Valorar la importancia de la educación moral
Contenidos:
• Importancia del tema hoy
• Aspectos en común y diferencias entre las diversas denominaciones del tema:
- educación moral o educación ética
- formación valórica
- formación transversal
- educación ciudadana, formación cívica
- espiritualidad, ascetismo, vida interior
• Definición de “educación moral”:
- “conducción y promoción de los hijos hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, esto es, el estado de virtud”, en cuanto a las virtudes morales
- educación moral natural y educación moral sobrenatural
• Educación moral y educación intelectual: distinciones y relaciones
• Relevancia de la educación moral para la educación integral, en todos sus aspectos:
- en cuanto al sujeto (la “prole”): cada persona necesitada de desarrollo humano
- en cuanto a la finalidad (el “estado perfecto”): la madurez humana integral y la felicidad
- en cuanto al contenido (el “estado de virtud”): el crecimiento en virtudes
- en cuanto a la acción (la “conducción y promoción”): la ayuda de los educadores
UNIDAD II: ENFOQUES Y MÉTODOS PARCIALES EN EDUCACIÓN MORAL
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Identificar los principales métodos parciales usados en educación moral
- Relacionar cada método con sus presupuestos y fundamentos
- Enjuiciar críticamente los aportes y los límites de cada método
Contenidos:
• Las narraciones:
- la formación moral tradicional en torno a una gran narración propia de cada cultura: mitos, Ilíada, Torá, Corán, Vedas, Biblia y otros ejemplos
- la formación en artes liberales con los “grandes libros”
- la función moral de los mitos, las tragedias, las parábolas y otras formas literarias
- las fábulas, cuentos y moralejas en la educación de los niños
- la renovación actual: W. Bennett y el “Libro de las Virtudes”
- el renacer de los mitos morales: J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis, entre otros
- ideal educativo de este método: “formar en una tradición moral”
- supuestos: modelos, valores compartidos, identificación con el protagonista, moral encarnada
- aportes: motivación, orientación, integración comunitaria, educación integral, aplicabilidad
- límites: contexto cultural, aceptación acrítica, fundamentación implícita y pre-filosófica
• El análisis de dilemas:
- origen y desarrollo del método: Kohlberg y sucesores
- primer supuesto: el desarrollo moral depende del juicio moral (Kant)
- segundo supuesto: el juicio moral se desarrolla por estadios sucesivos (Piaget, Kohlberg)
- tercer supuesto: el criterio de avance moral es sólo la autonomía de juicio (Ilustración)
- técnica: debates sobre dilemas, como estímulo al desarrollo del juicio moral
- ideal educativo de este método: “formar el juicio moral autónomo”
- aportes: atención a la edad, valoración del juicio moral, uso de la reflexión grupal (debate)
- límites: cognitivismo (1er supuesto), evolutivismo (2º supuesto), individualismo relativista (3er sup.)
- autocrítica de Kohlberg, resultados empíricos del método
• La disciplina:
- el modelo de educación militar, de Esparta en adelante
- la obediencia a códigos éticos
- ejercicios para la formación de la voluntad
- el temor al castigo como recurso pedagógico
- primer supuesto: la norma como criterio de moralidad (estoicos, de Okham a Kant)
- segundo supuesto: el cumplimiento del deber como motivo moral (Kant y otras versiones)
- tercer supuesto: maldad humana radical (Lutero, puritanismo, jansenismo)
- ideal educativo de este método: “formar en el deber”
- aportes: efectividad conductual y social, orientación clara, desarrollo de la voluntad, superación del individualismo, objetividad evaluativa
- límites: legalismo (1er supuesto), voluntarismo (2º supuesto), énfasis negativo (3er supuesto); conductismo moral, uniformismo
- fracasos y reapariciones del método
• La clarificación de valores:
- el nuevo lenguaje de los “valores morales”: de los años 60 en adelante
- origen del método: Raths y sucesores
- los pasos en el proceso de selección del valor, según Raths
- primera técnica: la respuesta clarificativa (entrevista)
- segunda técnica: la hoja de valores (cuestionario)
- primer supuesto: el desarrollo moral depende de la adhesión a un valor (Scheler)
- segundo supuesto: la adhesión a un valor se desarrolla por una introspección guiada (Freud)
- tercer supuesto: el criterio de avance moral es la espontaneidad del individuo (Rogers)
- ideal educativo de este método: “formar en valores personales”
- aportes: valoración de la subjetividad, de la afectividad y de la consecuencia personal
- límites: emotivismo (1er supuesto), psicoterapia (2º supuesto), individualismo relativista (3er sup.)
- resultados empíricos del método, consecuencias actuales de sus presupuestos
UNIDAD III: ELEMENTOS PARA UNA EDUCACIÓN MORAL INTEGRAL
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Distinguir los elementos esenciales en educación moral
- Relacionar los elementos de la educación moral entre sí
- Valorar el aporte específico de cada uno de los elementos de la educación moral
Contenidos:
- El punto de partida para la formación moral:
- detectar las predisposiciones positivas de las personas hacia el bien y la virtud
- de acuerdo a las condiciones específicas de edad, temperamento, cultura, familia, lugar
- considerar los presupuestos pre-morales que haya que reforzar.
- Los medios principales de educación moral:
- inducir la realización práctica de actos buenos por parte de las mismas personas en formación
- de manera reiterada, variada y progresiva
- promover la apertura a la gracia
- El refuerzo y la motivación:
- motivación ideal: actuar por convicción en el bien
- uso legítimo del refuerzo positivo (premio): secundario, según edad, decreciente
- necesidad de establecer reglas del juego, impuestas, propuestas o acordadas, según edad
- valor formativo del temor al castigo: ultimo recurso vicario, como camino hacia la convicción
- el refuerzo sobrenatural y la motivación religiosa en la formación moral
- El ambiente formativo:
- el “ethos” o conjunto de valores reales de un grupo humano
- emulación de los modelos de vida, reales o ficticios
- el influjo formativo de los símbolos, las tradiciones y los ritos
- aportes y límites de las campañas de sensibilización valórica
- el valor formativo del contacto directo con otros ambientes y grupos humanos
- El aporte de la reflexión ética para la educación moral:
- papel imprescindible del juicio moral práctico -aunque sea implícito- en cada acto concreto
- formación de la conciencia moral y de la “prudencia”, para la toma de buenas decisiones
- la reflexión ética compartida, antes y después de la acción moral concreta
- el análisis y valoración moral explícitos de los hechos de la vida real
- el papel específico de los cursos de ética
- las referencias valóricas transversales en las demás materias y disciplinas del currículo
- el complemento de las narraciones, debates, juegos de roles, análisis de casos y otras dinámicas
- El papel específico de los educadores morales:
- en relación a cada uno de los elementos anteriores
- el influjo y la responsabilidad insustituibles de la familia
- los grupos de pares y otras asociaciones con influencias formativas
- la tarea formativa de la Iglesia, las agrupaciones religiosas, los guías espirituales
- la creciente incidencia de los medios de comunicación
- el aporte específico de los profesores y de la institución escolar
- la coordinación de éstos con los demás educadores y factores en la formación moral de los niños
- Evaluación de la educación moral:
- imposibilidad de la evaluación moral en sentido estricto
- imposibilidad de la evaluación de los efectos a largo plazo en educación moral
- criterios de evaluación externa del progreso en la virtud: habitualidad, prontitud, facilidad, alegría
- criterios de evaluación interna del progreso en la virtud: convicción, rectitud de intención, satisfacción espiritual, connaturalizad
- sentido y límites de la medición y cuantificación en evaluación moral
- importancia de la experiencia, el conocimiento de las personas y la ayuda espiritual en la evaluación del progreso moral
- medios de evaluación externa: observación intencionada, registro anecdótico, registros de control...
- medios de evaluación interna: examen de conciencia, escalas de apreciación, cuestionarios, inventarios, entrevistas, focus group…
- la evaluación de las actividades de formación moral
- conclusión: sentido, valor y peligros de la evaluación en educación moral
UNIDAD IV: FORMULACIÓN DE UN PROYECTO DE FORMACIÓN MORAL
Objetivos terminales
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Formular un proyecto de formación moral, basado en los elementos o requerimientos de este tipo de formación
Contenidos:
- Pasos prácticos en la formulación y aplicación de un proyecto de formación moral:
- constitución y motivación del equipo de educadores
- incorporación de la familia en el proyecto, y eventualmente de otros educadores relevantes
- definición del nivel de participación de los educandos en la formulación del proyecto
- elaboración del proyecto: diagnóstico, objetivo, plan de actividades, evaluación
- idealmente: validación del proyecto en una experiencia piloto
- presentación y motivación inicial del proyecto a los educandos
- realización de las actividades programadas
- evaluaciones periódicas y eventuales ajustes al proyecto
- cierre del proyecto, evaluación final
- Diagnóstico y análisis inicial:
- definición del grupo humano concreto con el que se trabajará
- fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas de ese grupo para la formación moral
- predisposiciones morales positivas de ese grupo humano, en común y de cada educando
- identificación de una actividad común relevante para el grupo humano (si la hay), que pueda servir de cauce para todo el trabajo formativo: selección deportiva, grupo musical, viaje de estudios, etc.
- Definición del objetivo formativo:
- focalización en una sola virtud moral principal para el plan de trabajo (y eventualmente otras secundarias)
- selección de la virtud a partir del Proyecto Educativo Institucional, Declaración de Principios u otro documento de referencia de la institución educativa; o bien de las necesidades o intereses del grupo
- atención a las diferencias singulares de los educandos concretos con respecto a la virtud elegida.
- definición operacional del objetivo seleccionado, según las características genéricas de toda virtud y las posibilidades reales del grupo
- identificación de los presupuestos pre-morales de esa virtud que se deben reforzar en el grupo
- determinación de los plazos y de las metas concretas a alcanzar
- Plan de actividades:
- selección de actividades cotidianas de los educandos, que puedan ejercitarlos en la virtud escogida
- definición de actividades especiales para que los educandos ejerciten la virtud escogida
- proposición de estímulos y premios para reforzar el avance formativo
- revisión de elementos del “ethos” institucional que se deben adecuar en función del objetivo
- evaluación y propósitos de los educadores, para mejorar su coherencia personal con la virtud que se pretende formar y su ejemplo hacia los educandos
- selección de algún personaje vivo, histórico o ficticio, que sirva de modelo atractivo y concreto de esa virtud para los educandos
- selección de alguna narración en la que se encarne formativamente la virtud escogida
- elección de un “marco motivador”, con símbolos (emblema, lema, himno), tradiciones, ritos, códigos de honor, etc., acorde con la edad y realidad de los educandos
- eventual integración de algún factor mediático significativo para los educandos
- previsión de hechos de la vida real a los que recurrir para reflexionar sobre la virtud
escogida
- definición de reflexiones valóricas transversales a incorporar en contenidos específicos del currículo
- selección de alguna dinámica útil para complementar el trabajo formativo
- distinción entre actividades para todo el grupo, para sub-grupos, individuales
- ordenamiento de las actividades y elementos formativos de acuerdo a una progresión
dosificada
- definición de fechas, recursos y encargados para cada actividad
- diseño de texto guía (bitácora, citas, narraciones, modelos, metas, auto-evaluaciones, etc.)
- Evaluación:
- definición de los momentos de evaluación del proyecto, del grupo y de cada educando
- selección de los medios e instrumentos de evaluación externa e interna
- previsión del valor y de la utilidad de los resultados de cada evaluación
UNIDAD V: ESTRATEGIAS DE EDUCACIÓN MORAL
Objetivos Terminales.
Al finalizar la unidad, el alumno deberá:
- Identificar algunas estrategias usadas en educación moral
- Valorar críticamente esas estrategias a la luz de los criterios estudiados.
Contenidos:
- Estrategias simples:
- vivencia natural e implícita en la comunidad escolar-social de todos los elementos formativos
- en torno a una actividad común: deporte y valores, voluntariados sociales, grupos de catequesis, misiones, grupos ecológicos, campamentos de verano, club de debates, grupos musicales, etc.
- Modelos complejos:
- escultismo y similares
- movimientos religiosos y otras agrupaciones espirituales de formación integral
- colegios de congregaciones o movimientos religiosos, o de otras instituciones de formación integral
- establecimientos educativos con proyectos educativos integrales
- Estrategias de formación en virtudes:
- Fomento de Centros de Enseñanza (Optimist…)
- Educando en las Virtudes (Grupo Educare)
- Hacer Familia y otras experiencias en Chile
- Formación del carácter en USA (The Character Education Partnership, Center for Respect and Responsibility, The Jefferson Center for Character Education…)
- Otras experiencias integrales en educación moral
V. METODOLOGÍA
- Aplicación del método syllabus.
- Exposición del profesor, complementada con ejemplos y ejercicios prácticos, en cada unidad.
- Elaboración de un proyecto concreto de educación moral, por parte de los alumnos.
- Visitas a terreno o presentación de experiencias relevantes en educación moral, con invitados o exposición de los alumnos.
VI. EVALUACION
- Primera Prueba Solemne 30%
- Segunda Prueba Solemne 30%
- Promedio de quiz 20%
- Trabajo 20%
- Examen final
La ponderación de las notas y el examen, las exigencias de asistencia y eximición para esta asignatura están establecidas en las disposiciones reglamentarias de evaluación, del período académico en curso.
VII BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
Gordillo, M.V. Desarrollo Moral y Educación. Eunsa, Pamplona 1992.
COMPLEMENTARIA
Isaacs, D. La Educación de las Virtudes Humanas y su Evaluación. (14ª ed.) Eunsa, Pamplona 2003
Magendzo, A., P. Donoso y M.T. Rodas, Los Objetivos Fundamentales Transversales en la Reforma Educativa Chilena. Santiago, Universitaria 1997
García Hoz, V. (editor). La Orientación en la Educación Institucionalizada; La Formación Ética. Tratado de Educación Personalizada 20. Madrid, Rialp 1994
Bennett, W. El Libro de las Virtudes. Javier Vergara Editor. Buenos Aires 1995
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